En Estados Unidos Claudio Giaconi abandona la literatura
Claudio había sido la estrella distante de la generación del 50, quien, según Alone, había cambiado la literatura chilena.
Un día entre semana me telefoneó Claudio Giaconi para que viéramos una película en video. Le dije que bueno, que lo pasaba a buscar en unos minutos, y que de Johannesburg (así llamaba al sector de la casa de su hermana en la que vivía, Colón con Fuenteovejuna) nos iríamos al Blockbuster para escoger la cinta.
Entró a mi Volkswagen escarabajo guinda seca fumando, lo que me agradó porque también lo esperaba con una espesa nube de humo para que no pretendiera copar la escena. De pronto, al iniciar la marcha, me dijo que cambiáramos la música. Le comenté “por ningún motivo, a esta hora de la tarde es mucho mejor Neil Young que tu Bruckner”. Mientras miraba por el espejo retrovisor y los laterales, me preguntó si tenía algo in mente; le comenté que ojalá estuviera El joven Törless, pero que no la había visto.
Cuando ingresamos al Blockbuster de la Rotonda Atenas le propuse a Giaconi “escoge tú porque parece que estás interesado en algo específico”. Las estanterías tenían mucha basura de esos años 92-93, pero también una sección respetable de cine arte o clásicos que algunos buscaban; y a poco deambular Giaconi tenía en la mano el estuche de The Lost Weekend (Días sin huella), de Billy Wilder. “¿La conoces?”, preguntó con la esperanza de que no. Después de mi negativa afirmó Giaconi “te va a interesar”. Le mostré al empleado la credencial plastificada de socio con el código de barra, y ahí, en pantalla, aparecía sin devoluciones pendientes. Pagué y nos fuimos.
En el camino hablamos (no sé por qué salió a la palestra, porque no tenía por dónde) Eduardo Anguita, y Claudio me dice que es un metafísico de vidriera, alambicado y oscuro. Le retruqué que por favor no me tocara Definición y pérdida de la persona, porque nos íbamos a ir a las manos seguro (risas).
Ya instalados con los ceniceros y líquidos correspondientes, durante el correr de la cinta del VHS me comenzó a quedar claro que Don Birnam era Claudio Giaconi, y por eso lo estaba pasando tan bien, se proyectaba él mismo, como si desplegara el “Autorretrato en un espejo convexo”, de John Ashbery: un escritor neoyorkino que no podía escribir, ahogado en el alcohol, con un comienzo prometedor en el Reader’s Digest pero que no había pasado de ahí. Y parecía el winner en el formato de su tiempo: trajeado, galán, locuaz, dispuesto a pasar el límite. A Giaconi siempre se le reputó con cierto........
