La Doctrina Monroe, el vecino que nunca se fue y la ingenuidad del olvido (II)
La Doctrina Monroe no es un documento de museo, ni un vestigio polvoriento de 1823 que podamos simplemente archivar y relegar al olvido. Es, lamentablemente, el lenguaje gramatical y existencial con el que Estados Unidos ha escrito el destino de este hemisferio durante más de dos siglos.
Muchos, en un ejercicio de optimismo peligroso, quisieron verla como una ideología caduca, un fantasma del pasado que la historia, en su avance imparable, había dejado atrás. Sin embargo, los hechos han demostrado que estamos ante una constante de comportamiento, una suerte de instinto de preservación geopolítica que se activa con una precisión mecánica, sin importar quién ocupe la Oficina Oval o cuál sea el color partidista que predomine en Washington.
La resistencia sistemática a la presencia de potencias rivales en esta parte del mundo no es una preferencia política pasajera; es un hecho estructural, una ley de gravedad hemisférica que no admite excepciones ni excepciones diplomáticas.
Hemos sido testigos presenciales de cómo este guión se ha ido desplegando, acto tras acto, durante toda nuestra historia moderna. Cuando Jacobo Árbenz fue derrocado en Guatemala para frenar una reforma agraria que se interpretó como una apertura a la influencia soviética, cuando los misiles tuvieron que ser retirados de Cuba tras el borde del abismo nuclear, o cuando las intervenciones en Chile y República Dominicana marcaron a fuego........
