El Refugio del silencio: La psicología del trauma bajo los escombros
Minutos después de que el terremoto redujera el edificio a escombros, el silencio de la tragedia dio paso a la urgencia, el rugido de la maquinaria pesada y la voz quebrada de los brigadistas me llegaban como susurro. Atrapado bajo bloques de cemento y una nube densa de polvo, mi supervivencia se jugaba en dos frentes: el cuerpo que resistía el peso y la mente que lucha por no romperse. Mientras afuera se excavaba a contrarreloj, adentro yo libraba una pelea invisible por la cordura. Esto lo cuento para llevarlos directamente al centro de ese shock, mostrando el mecanismo exacto con el que nuestra mente se apaga para ayudarnos a soportar lo insoportable.
Me he encerrado en mí mismo, en una burbuja que esconde mi dolor y mi angustia. No entra ni sale nadie; no surge siquiera una nueva idea, un poema o una canción. Solo quedan lamentos, sollozos y un corazón compungido. Miro a lo lejos y no te veo; miro a mi alrededor y la angustia aumenta. No sé si estoy vivo, no sé si volveré a abrir los ojos, no sé si volveré a escuchar la risa de mis hijos, de los amigos o las olas del mar.
Siento un peso inmenso sobre mí. Aunque hay un deseo manifiesto de gritar, la voz no me sale y se quiebra. Ya ni siquiera siento el dolor de ese exceso de carga que llevo encima: es como una roca, como una pared. Todo está oscuro. Mis ojos están pegados y no puedo abrirlos. Por eso no pienso salir de esta burbuja en la que me encierro. No tengo sed; si bebiera agua, me ahogaría. Es tanto el polvo que respiro que, gracias al espacio en que me encuentro, disfruto de un aire fresco, de unas nubes que se posan sobre........
