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El imperio negocia con la pistola en la cabeza con Venezuela

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Históricamente, la diplomacia estadounidense para el Sur Global no ha sido un ejercicio de reconocimiento entre iguales, sino una extensión de su doctrina de seguridad nacional. Cuando analizamos las dinámicas actuales entre Washington y Caracas, la pregunta no es si existe una coacción, sino bajo qué mecanismos de extorsión se pretende disfrazar la "negociación". La respuesta corta es afirmativa: el imperio no negocia, asedia; y cuando se sienta a la mesa, lo hace con el percutor del sistema financiero global levantado.

Desde la perspectiva del Derecho Internacional Público, la soberanía es inalienable. Sin embargo, el orden basado en reglas que pregona la Casa Blanca ha sustituido la Carta de las Naciones Unidas por un manual de asfixia económica. Las medidas coercitivas unilaterales, mal llamadas "sanciones", son en realidad armas de destrucción masiva silenciosa.

Al bloquear el acceso a medicamentos, repuestos para la industria petrolera y procesamientos de pagos internacionales, EE. UU. ha intentado quebrar el contrato social venezolano para forzar un cambio de régimen.

Sentarse a negociar bajo la premisa de "te devuelvo un poco de tu propio dinero si cedes en tu autodeterminación" no es diplomacia; es una estructura de secuestro político. La pistola en la cabeza no es una metáfora: son los activos de CITGO confiscados, es el oro retenido en Londres y son las licencias transitorias de la OFAC que actúan como grilletes temporales.

Debemos comprender que la estrategia imperial busca la claudicación simbólica. No solo quieren el petróleo; necesitan que el precedente de la Revolución Bolivariana sea borrado del mapa geopolítico para enviar un mensaje de escarmiento a la región.

La soberanía venezolana se ha convertido en el muro de contención contra el monroísmo del siglo XXI. En este tablero, Venezuela no ha respondido desde la sumisión, sino desde la triangulación estratégica y la multipolaridad. Al diversificar sus aliados y fortalecer su arquitectura legal interna, el Estado venezolano ha logrado que esa "pistola" pierda efectividad ante la resistencia de un pueblo que entiende que la libertad no se subasta por licencias de exportación.

Resulta irónico que el imperio, en su necesidad de estabilizar los mercados energéticos globales ante los conflictos en el medio oriente, deba recurrir a la nación que tanto ha intentado destruir. Esta contradicción revela una debilidad estructural: el imperio necesita el recurso, pero teme el ejemplo.

Por ello, recurren a la narrativa del "alivio de sanciones" como si fuera una concesión humanitaria, cuando en realidad es el reconocimiento táctico de un fracaso en su política de máxima presión.

Para que exista una negociación genuina, la pistola debe ser retirada de la mesa. Esto implica: el levantamiento total y definitivo de todas las medidas coercitivas unilaterales, la devolución de los activos soberanos ilegalmente retenidos en el extranjero y el cese del tutelaje sobre las instituciones internas del país.

Venezuela ha demostrado que la dignidad nacional es un factor de poder real. Mientras el imperio insista en ver la negociación como una rendición decorada, se encontrará con la muralla de la soberanía.

El Derecho Internacional debe evolucionar para criminalizar estas prácticas de extorsión geopolítica que atentan contra la vida de millones de personas en el planeta tierra. 


© Aporrea