Venezuela entre la diplomacia de urgencia y la realidad de la presión: Un análisis de los encuentros recientes bajo la administración Trump
En el complejo tablero geopolítico contemporáneo, Venezuela se encuentra atravesando una de las etapas más delicadas de su historia republicana. La administración de Donald Trump, caracterizada por una política exterior maximalista y de "presión máxima", ha impuesto sobre la nación bolivariana un cerco económico y diplomático sin precedentes. Sin embargo, en medio de esta tormenta, han proliferado visitas de funcionarios internacionales que se entrevistan con la presidenta encargada Delcy Rodríguez, generando interrogantes fundamentales sobre sus verdaderas intenciones, sus beneficios tangibles y las consecuencias reales para un pueblo que sigue padeciendo los embates de la hiperinflación, la devaluación del bolívar y el colapso salarial.
Los visitantes y sus agendas ocultas, un análisis detallado. La sucesión de visitantes extranjeros miembros de gobierno estadounidense que han desembarcado en Caracas en los últimos meses responde a lógicas diversas que merecen ser desentrañadas con rigor analítico. Cada uno de estos encuentros, lejos de ser gestos de solidaridad altruista, responde a cálculos de interés nacional de los Estados Unidos y de sus corporaciones y empresas exclusivas de ese imperio, muchas veces disfrazados de inversión, pero es control y dependencia. Por otra parte, los representantes de naciones europeas, particularmente de países como España, Francia y Alemania, han mantenido conversaciones exploratorias con las autoridades venezolanas. Estas visitas, como señala el analista internacional Arlene Tickner, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad de los Andes en Colombia, "no constituyen un cambio de posición estructural de la Unión Europea respecto a Venezuela, sino más bien una estrategia de contención de daños ante la posibilidad de un colapso migratorio mayor o la consolidación de una crisis humanitaria que afecte directamente a sus intereses en la región". Tickner advierte que estos acercamientos buscan principalmente "asegurar que no se produzca una implosión descontrolada que multiplique los flujos migratorios hacia el Viejo Continente".
Los enviados de países latinoamericanos, en particular de la región andina y del Cono Sur, presentan una motivación dual. Por un lado, buscan posicionarse como mediadores ante Washington, aspirando a obtener dividendos políticos en su relación con la administración Trump. Por otro, intentan salvaguardar sus propios intereses comerciales, históricamente vinculados al suministro petrolero venezolano. El académico venezolano Luis Vicente León, presidente de Datanálisis, observa con lucidez: "Estos países están jugando una partida de dos bandas. Por delante hablan de diálogo y estabilidad democrática, pero por detrás negocian contratos petroleros y tratan de asegurar que sus empresas mantengan algún tipo de presencia en el mercado venezolano, por más deteriorado que esté".
Particularmente reveladoras han sido las visitas de representantes de potencias medias no alineadas tradicionalmente con el eje Washington-Caracas. Funcionarios de países como Turquía, Catar y algunas naciones del Sudeste Asiático han explorado oportunidades comerciales y de inversión. Sin embargo, como advierte el investigador David Smilde, profesor de la Universidad de Tulane y experto en política venezolana, "estos acercamientos son eminentemente pragmáticos y oportunistas. Buscan aprovechar el vacío dejado por las sanciones estadounidenses para obtener contratos petroleros y mineros en condiciones ventajosas, aprovechando la desesperación del gobierno venezolano por encontrar socios que operen al margen del sistema financiero internacional dominado por Estados Unidos".
Los encuentros con representantes de la esfera ruso-china, aunque menos publicitados, mantienen una lógica de consolidación de alianzas estratégicas. Estas visitas no buscan resolver la crisis venezolana, sino profundizar la dependencia estructural de Caracas hacia Moscú y Pekín. El analista ruso Fyodor Lukyanov, presidente del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia, ha señalado en diversos foros internacionales que "Venezuela constituye un activo geopolítico valioso para contrarrestar la influencia estadounidense en América Latina, pero no representa una prioridad económica que justifique inversiones masivas para su recuperación".
El contexto regional: ataques a Irán y sus repercusiones para Venezuela. La simultaneidad de estos encuentros diplomáticos con la escalada de hostilidades de Estados Unidos e Israel sobre Irán introduce variables que complican aún más el escenario venezolano. La administración Trump ha intensificado su campaña de presión contra Teherán, incluyendo sanciones secundarias que afectan a cualquier nación que mantenga relaciones comerciales con la República Islámica. Esta dinámica genera categorías analíticas que impactan directamente sobre las posibilidades de maniobra de Venezuela.
En primer lugar, se observa la categoría de riesgo sistémico: Venezuela, históricamente aliada de Irán, se ve forzada a recalcular sus relaciones con Teherán para evitar sanciones adicionales que ahogarían definitivamente su economía. Como señala el académico iraní-alemán Ali Fathollah-Nejad, investigador asociado del Instituto Alemán de Asuntos Globales y de Área, "la presión estadounidense sobre Irán crea un efecto domino que obliga a sus aliados tradicionales a optar entre la lealtad ideológica y la supervivencia económica. Venezuela está en una encrucijada donde cualquier opción implica pérdidas significativas".
La segunda variable es la categoría de aislamiento regional: los ataques israelíes contra objetivos iraníes y la respuesta belicosa de Washington generan un clima de tensión que desincentiva a los países latinoamericanos a mantener posiciones equidistantes. El investigador venezolano Carlos Romero, profesor de la Universidad Central de Venezuela, advierte que "la polarización del escenario internacional entre el eje occidental y sus rivales deja poco espacio para la autonomía. Los países de la región, salvo contadas excepciones, se alinean tácitamente con Washington, limitando las opciones de Venezuela para construir coaliciones de apoyo".
La tercera categoría es la de vulnerabilidad energética: la inestabilidad en el Golfo Pérsico podría, en teoría, incrementar el valor estratégico del petróleo venezolano. Sin embargo, como observa la economista Francisco Rodríguez, director de Torino Economics, "esta lógica no se materializa en beneficios concretos para Venezuela debido a las sanciones. Mientras el país no pueda operar libremente en los mercados internacionales y acceder a la tecnología necesaria para recuperar su producción petrolera, cualquier crisis en Medio Oriente beneficiará a otros productores, no a Venezuela".
La evidencia empírica: ausencia de beneficios tangibles La cuestión fundamental que debe plantearse el observador riguroso es: ¿qué beneficios concretos han reportado estas visitas para la economía y el bienestar de los venezolanos? La respuesta, examinada con honestidad intelectual, es contundentemente negativa. Respecto a la cotización del dólar, los datos son elocuentes. Pese a los múltiples encuentros diplomáticos, la moneda estadounidense continúa su escalada ininterrumpida en el mercado paralelo venezolano. ¿Por qué? El economista venezolano Asdrúbal Oliveros, director de Ecoanalítica, señala que "la diplomacia sin resultados económicos concretos es ineficaz para estabilizar las expectativas cambiarias. Los mercados reaccionan ante hechos, no ante promesas o gestos simbólicos. Mientras no se levanten las sanciones financieras ni se normalice la operación comercial internacional de Venezuela, el dólar seguirá su tendencia alcista".
En materia de inflación, las cifras hablan por sí solas. La hiperinflación venezolana, aunque ha mostrado alguna desaceleración estadística en períodos recientes, se mantiene en niveles que destruyen el poder adquisitivo de la población. El profesor Hanke, de la Universidad Johns Hopkins, quien ha documentado rigurosamente los episodios hiperinflacionarios mundiales, sostiene que "Venezuela mantiene una de las inflaciones más altas del planeta. Ninguna cantidad de visitas diplomáticas puede revertir esta dinámica mientras persista el déficit fiscal monetizado y la ausencia de un ancla cambiaria creíble".
Los salarios reales de los venezolanos continúan en caída libre. El salario mínimo, indexado de manera irregular, pierde poder adquisitivo semana tras semana. La profesora María Páez Victor, socióloga venezolana-canadiense, denuncia que "estas visitas diplomáticas se producen en una burbuja de desconexión respecto a la realidad cotidiana del pueblo venezolano. Mientras los funcionarios se fotografían sonrientes en salones protocolarios, los trabajadores venezolanos no pueden cubrir la canasta básica de alimentos con meses de salario".
La navegabilidad internacional: entre vecinos incómodos y aliados distantes. Venezuela enfrenta un entorno regional complejo donde sus relaciones con los países vecinos están lejos de ser fluidas. La migración masiva, que ha visto salir a más de siete millones de venezolanos, ha generado tensiones con Colombia, Brasil, Ecuador y Perú, que han endurecido sus políticas migratorias y, en algunos casos, sus posiciones políticas respecto a Caracas.
El presidente colombiano, Gustavo Petro, aunque retóricoamente más cercano al chavismo que sus predecesores, mantiene una relación pragmática marcada por la gestión de la frontera y la seguridad. El analista colombiano Sergio Guzmán, director de Colombia Risk Analysis, señala que "la relación Colombia-Venezuela es de conveniencia mutua, no de solidaridad ideológica. Petro necesita estabilidad en la frontera y control sobre los grupos armados; Delcy Rodríguez necesita legitimidad y apertura comercial. Ninguna de estas necesidades se resuelve con visitas diplomáticas simbólicas".
Con Brasil, la relación ha experimentado altibajos significativos. El gobierno de Lula da Silva, aunque menos hostil que el de Bolsonaro, mantiene una distancia prudente. El politólogo brasileño Matías Spektor, profesor de la Fundación Getulio Vargas, explica que "Brasil busca evitar que Venezuela se convierta en un problema de seguridad regional, pero no está dispuesto a asumir costos políticos o económicos significativos por su estabilización. La política brasileña hacia Venezuela es de contención, no de transformación". Su negativa a favorecer a Venezuela a entrar al BRICS es un reflejo patético de esa política.
Los aliados de la era Chávez-Maduro presentan un panorama desalentador. Cuba, Nicaragua y Bolivia mantienen retóricas de solidaridad, pero sus capacidades económicas para apoyar a Venezuela son nulas o negativas. Argentina, bajo el gobierno de Javier Milei, ha virado hacia posiciones abiertamente hostiles. El analista argentino Juan Gabriel Tokatlian, profesor de la Universidad de San Andrés, advierte que "la pérdida de Argentina como aliado estratégico en Sudamérica es un golpe significativo para Venezuela. El gobierno de Milei no solo no cooperará, sino que activamente buscará aislar diplomáticamente a Venezuela en foros internacionales".
Ganancias y pérdidas: el balance nacional. Examinando el tablero con honestidad, ¿qué gana y qué pierde Venezuela como país y como nación con esta dinámica de visitas diplomáticas bajo presión? En el lado de las pérdidas, el balance es abrumador. Venezuela pierde tiempo precioso que podría dedicarse a construir una salida negociada a la crisis. Pierde credibilidad internacional al mostrar una imagen de desesperación por aceptar cualquier tipo de diálogo sin resultados concretos. Pierde oportunidades de negociación desde una posición más fortalecida. Pierde, sobre todo, la coherencia de su política exterior histórica al aparecer suplicante y obediente ante el imperio que, en otra época, habrían sido considerada insubordinada a los intereses del imperio.
En el lado de las ganancias, el inventario es escaso y especulativo. Se gana, quizás, algún espacio de maniobra temporal para evitar una confrontación militar directa. Se obtiene información sobre las posiciones reales de diversos actores internacionales. Se logra, posiblemente, algún canal de comunicación directo con Washington sin terceros. Pero ninguna de estas ganancias se traduce en mejoras materiales para la población. El politólogo venezolano Javier Corrales, profesor del Amherst College, sostiene que "Venezuela está jugando una partida de ajedrez donde ha perdido la torre y el alfil, y ahora mueve peones defensivos esperando que el rival cometa un error. Esta no es estrategia, es supervivencia táctica que consume recursos políticos sin generar capital para el futuro".
El silencio cómplice: omisiones que gritan. Quizás el aspecto más inquietante de este escenario sea el silencio ensordecedor de los líderes del chavismo respecto a las dimensiones más críticas de la situación nacional. Es un silencio que no puede interpretarse como mera prudencia diplomática, sino como una omisión deliberada que traiciona los intereses nacionales.
No se escribe, no se habla, no se denuncia con la vehemencia necesaria el bloqueo económico que asfixia al país. Las referencias al bloqueo se han convertido en fórmulas ritualizadas, desprovistas de la urgencia que la gravedad de la situación demanda. Se ha abandonado la denuncia sistemática en foros internacionales, se ha dejado de construir coaliciones activas contra las medidas coercitivas unilaterales, se ha normalizado una situación que debería presentarse como una emergencia permanente. La retórica discursiva cambio de dirección, calla y se omite.
Más grave aún es el silencio sobre las reparaciones y la recuperación de activos. Venezuela tiene depositados en el Banco de Inglaterra más de 30 toneladas de oro, cuyo acceso le ha sido negado. Tiene activos congelados en diversas jurisdicciones europeas y estadounidenses que superan los 3.000 millones de dólares. Tiene empresas confiscadas, cuentas bloqueadas, bienes incautados. Sin embargo, la demanda de recuperación de estos recursos ha desaparecido del discurso oficial. No se presentan demandas judiciales internacionales agresivas, no se moviliza a la diáspora venezolana para presionar por estos activos, no se vincula la apertura de cualquier diálogo con la restitución inmediata de lo que pertenece al pueblo venezolano.
El economista Ricardo Hausmann, profesor de la Universidad de Harvard, aunque crítico del gobierno venezolano, reconoce que "la recuperación de estos activos es un imperativo nacional que trasciende las diferencias políticas. Es dinero del pueblo venezolano que podría destinarse a aliviar la crisis humanitaria. El silencio al respecto es incomprensible desde cualquier perspectiva patriótica". Igualmente, es inquietante, es el mutismo sobre las deudas externas que diversos países mantienen con Venezuela. Se estima que la República Bolivariana tiene créditos pendientes de cobro que superan los 20.000 millones de dólares. El listado incluye a naciones que, paradójicamente, mantienen posiciones críticas o distantes respecto al gobierno venezolano.
Cuba debe a Venezuela, por concepto de servicios petroleros prestados durante años, una cantidad estimada entre 5.000 y 11.000 millones de dólares, según diversas fuentes. Esta deuda, contraída bajo acuerdos de cooperación solidaria, nunca ha sido cancelada ni reestructurada de manera transparente. Nicaragua acumula una deuda petrolera que se estima entre 500 y 800 millones de dólares, producto del mismo mecanismo de cooperación ALBA- Petrocaribe. El Salvador, aunque ya no bajo gobierno del FMLN, mantiene deudas petroleras pendientes que oscilan entre 300 y 500 millones de dólares. Haití, en situación de colapso institucional, tiene deudas pendientes que, aunque menores en términos absolutos, representan recursos que Venezuela podría utilizar urgentemente. República Dominicana, aunque con gobiernos que han alternado posiciones, mantiene saldos pendientes del período de Petrocaribe. Jamaica, Belize, Guatemala, Honduras y otros países del Caribe centroamericano suman deudas significativas que, en conjunto, podrían aliviar sustancialmente la situación de liquidez de Venezuela.
El economista venezolano José Guerra, exdirector del Banco Central de Venezuela, señala con indignación: "Es escandaloso que un país con las necesidades de Venezuela no esté cobrando activamente estas deudas. Se trata de recursos que podrían destinarse a importar medicinas, alimentos, repuestos industriales. El silencio al respecto solo puede explicarse por razones políticas que privilegian la lealtad ideológica sobre el interés nacional".
En conclusión, la urgencia de una nueva estrategia. Las visitas diplomáticas recientes, lejos de constituir una salida a la crisis, parecen formar parte de una estrategia de gestión del declive que beneficia a todos los actores involucrados, excepto al pueblo venezolano. Los visitantes obtienen fotografías, información y posibles contratos ventajosos. El gobierno venezolano obtiene una ilusión de normalidad internacional. Pero la nación pierde tiempo, recursos y oportunidades. Venezuela necesita abandonar la lógica de la supervivencia diplomática cotidiana y construir una estrategia de mediano y largo plazo que recupere la iniciativa. Esto implica, necesariamente, romper el silencio cómplice sobre el bloqueo, activar la demanda de reparaciones y recuperación de activos, y ejercer presión internacional efectiva por el cobro de las deudas pendientes. Implica, también, una honestidad intelectual sobre las limitaciones de los aliados actuales y la necesidad de diversificar relaciones sin caer en nuevas dependencias.
El silencio de los líderes chavistas sobre estas cuestiones fundamentales no es casual. Revela, quizás, una resignación disfrazada de prudencia, una rendición anticipada que acepta la lógica de la presión como ineluctable. Pero la historia de Venezuela está poblada de momentos donde la aparente inevitabilidad de la derrota fue revertida por la acción decidida de sus ciudadanos. El momento exige precisamente eso: decisión, acción, y el fin del silencio que calla lo que el país necesita escuchar y exigir.
De un venezolano, hijo de la Patria del Libertador Simón Bolívar.
