Diosdado Cabello, ¿el último mohicano de la revolución? ¿lealtad, resistencia y soberanía raigal?
En la célebre novela El último mohicano, de James Fenimore Cooper, la expresión que da título a la obra no designa únicamente al sobreviviente de un pueblo amenazado. Representa, sobre todo, una condición histórica: la del hombre que contempla cómo el mundo al cual pertenece se debilita, se fragmenta o desaparece, y que, pese a ello, se niega a abandonar los principios que le confieren identidad. El último mohicano no es necesariamente el último hombre; es el último depositario consciente de una memoria, de una dignidad y de un juramento.
Desde esta perspectiva simbólica —no literal ni racial, desde luego— puede establecerse un paralelismo entre aquella figura literaria y Diosdado Cabello dentro del proceso político venezolano surgido con Hugo Chávez. Cabello aparece ante sus partidarios como uno de los custodios más visibles del legado chavista; para sus adversarios, como una expresión de la continuidad de un poder que debería ser revisado o reemplazado. Entre ambas representaciones existe un territorio mucho más complejo: el de un dirigente que ha debido sobrevivir a conspiraciones, derrotas, sanciones, disputas internas, transformaciones económicas, presiones internacionales y al desgaste natural de un movimiento que lleva décadas ocupando el centro de la vida nacional.
La comparación con el último mohicano resulta provocadora porque contiene admiración y advertencia. Ser el último defensor de una causa puede constituir un título de honor; pero también puede revelar que alrededor de ese defensor se ha ido formando un desierto.
La lealtad como virtud y como problema
En política, la lealtad posee una naturaleza ambivalente. Puede ser una virtud moral cuando significa coherencia, gratitud, firmeza y fidelidad a unos principios. Pero puede transformarse en vicio cuando exige silencio ante los errores, obediencia mecánica o subordinación de la verdad a las necesidades circunstanciales del poder.
La lealtad de Diosdado Cabello hacia Hugo Chávez ha sido una de las constantes más reconocibles de su trayectoria pública. No ha intentado presentarse como sustituto espiritual del comandante ni borrar su figura para fundar una genealogía propia. Ha conservado su lenguaje, sus símbolos, su memoria y buena parte de su interpretación de la historia venezolana. Esa continuidad le ha permitido representar, dentro del chavismo, una especie de centinela del origen.
Sin embargo, custodiar un legado no significa embalsamarlo. Las revoluciones convertidas en museo terminan administrando reliquias en lugar de producir transformaciones. La fidelidad auténtica no consiste en repetir indefinidamente las palabras del fundador, sino en preguntarse qué haría ese proyecto frente a circunstancias que el fundador no llegó a conocer.
El Chávez de 1992 no fue idéntico al de 1998; el de 1998 tampoco fue el mismo de 2004, 2007 o 2012. Su pensamiento se desplazó desde la insurrección militar hacia la legitimidad electoral; desde una propuesta de “tercera vía” hacia el socialismo bolivariano; desde el nacionalismo militar hacia una concepción latinoamericanista, popular y antiimperialista. Pretender conservarlo sin reconocer esa capacidad de transformación sería traicionar precisamente lo más vivo de su legado.
Cabello, en consecuencia, deberá demostrar que su lealtad no es únicamente retrospectiva. La pregunta decisiva no es cuánto recuerda a Chávez, sino cuánto contribuye a que el pueblo recupere protagonismo, bienestar, conciencia crítica y capacidad para gobernar su propio destino.
El mohicano y la soledad del combatiente
La imagen del último mohicano posee una indudable fuerza épica. Es el guerrero que permanece mientras otros retroceden; el........
