Maras y mareros (pandillas y pandilleros) en Centroamérica)
"Es mejor invertir en aulas de clase que en cárceles".
Lula da Silva, presidente de Brasil
Una persona (hombre o mujer, habitualmente muy joven) termina en una pandilla (una mara) no simplemente porque sea "mala", como una interpretación superficial podría indicarnos, por una presunta "enfermedad" que anida en su "alma" o en su "corazón", para decirlo de un modo bastante ingenuo. Hay allí profundas, terribles causas sociales, a lo que se anudan motivaciones personales. Que quede claro: no toda o todo joven de los llamados -despectivamente- "barrios marginales", las "zonas rojas", se incorpora a una mara. Según estudios consistentes realizados en Guatemala, no más de un 10% de esa juventud busca esa salida; la abrumadora mayoría intenta integrarse a una vida productiva: estudiar y trabajar, sin drogodependencia y constituyendo un hogar.
¿Por qué los empobrecidos países de la región centroamericana están llenos de pandilleros, y eso no sucede en otros de altos ingresos, en Europa Occidental, por ejemplo? Ni en Cuba socialista. Como mínimo, encontramos elementos comunes en todos los lugares donde aparecen maras: pobreza generalizada, falta de oportunidades, profunda exclusión social de grandes mayorías, climas de violencia extrema (en muchos casos, guerras fratricidas que enlutaron y fragmentaron severamente los tejidos sociales). Todo ese caldo de cultivo fomenta este complejo fenómeno.
Las maras, como tantos otros elementos "disfuncionales" de una sociedad, son un síntoma de ese colectivo, una expresión (patética, trágica si se quiere) de profundas grietas estructurales, de carencias históricas, de una aceptación y normalización de la violencia como modo de relacionamiento.
En general se presenta todo el fenómeno de las maras como un problema de seguridad pública, y si bien no se puede minusvalorar esta característica, tampoco puede categorizársela únicamente por ella. La "mano dura" no puede terminar con el problema, aunque se encarcelen miles y miles de pandilleros. Es necesaria, entonces, la lectura que ve en las maras un fenómeno socio-político-cultural complejo con intrincadas causas, siempre interactuantes, dinámicas y cambiantes. En definitiva, constituye un fenómeno de índole eminentemente política, ya que influye en los poderes que rigen el país y, directa o indirectamente, toca a toda la población, influyendo en la convivencia de los otros miembros de la sociedad a nivel comunitario. La forma en que las maras desarrollan el ejercicio de la cuota de poder de que disponen (otorgado en secreto por poderes oscuros superiores: mafias enquistadas en las estructuras estatales), es decir: el poder/aprovechamiento que se da sobre ellas desde hilos no perceptibles para el ojo común, vuelve todo el fenómeno una expresión de la situación política dominante.
"La mara no podría existir si no tuviera vínculos con gente en el gobierno que les facilita las cosas. Por supuesto que hay conectes a ese nivel. Eso es imprescindible para sobrevivir", testimoniaba un ex pandillero. Más claro: imposible.
Por lo pronto es un fenómeno cultural porque el concepto de "mara", con todo lo que eso conlleva, es adaptado e integrado a las formas de vida de la población, teniendo ya una historia creciente y que, a su vez, se vuelve herencia a nuevas generaciones. Este concepto se introduce a la cultura cuando las maras se vuelven una forma de vida; quiere decir que ser partícipe de una mara se convierte en una identidad, un ingreso económico, una forma de relacionarse y una forma de pertenecer; se vuelve una forma de vivir en sociedad. No cabe ninguna duda, más allá de ver los motivos que la impulsan, que hoy por hoy constituyen un referente de la más descarnada violencia que puede encontrarse en la sociedad post conflicto de la región: asesinan, violan, descuartizan. Todo eso no es gratuito: habla de una herencia de violencia secular y de crueldad, magnificada por las pasadas guerras internas, y de una cultura de impunidad dominante en todos los países de la región.
Así como la mara es síntoma de la exclusión y pobreza estructurales de vastos sectores, es también expresión sintomática de la cultura de violencia y de impunidad que ya se ha entronizado como totalmente normal en las sociedades centroamericanas. Allí, como dice una popular ranchera de Antonio Aguilar, "La vida no vale nada".
Para dejarlo claro a través de un vívido testimonio, presentamos aquí una declaración de alguien que estuvo en una mara en alguno de los países centroamericanos. De hecho, este es un relato ficticio, pero basado en experiencias reales que el autor de la nota pudo ir recabando en el trabajo con este tipo de jóvenes. ¿La solución es la mano dura? Eso es combatir la violencia con más violencia. La solución es asumir que las y los jóvenes que ya pertenecen a esta estructura difícilmente salgan de ella, por lo que debe apuntarse a un trabajo preventivo a futuro. En otros términos: mejorar sustancialmente las condiciones de vida de la población (lo que pasa en esos países industrializados de Europa… o en Cuba).
"Mi padrastro era alcohólico y le daba unas palizas bárbaras a mi nana. Cada dos por tres caía preso, por caco; pero salía pronto. Me crié con siete hermanos más. Yo, según me cuenta mi viejita, soy de otro padre. En realidad, según lo que ella me dijo, soy producto de una violación. A mi mero tata nunca lo conocí. Cuando ella estaba embarazada de mí, me quiso abortar; pero el cura de la parroquia le dijo que eso era pecado. No lo entiendo: años después, cuando era un vulgar ladrón, la gente de billete pedía pena de muerte para alguien como yo. ¿Por qué no haberme matado antes que naciera entonces? ¿Por qué el aborto es pecado y la pena de muerte no? No lo entiendo, doctor. De mis medio hermanos, cuatro eran mareros, y la hembra menor, la Yuleisy, era sexoservidora, y dos se fueron de mojados a Estados Unidos. Según supe, a uno de ellos, el que le decían Pantera, lo mataron, porque vendía drogas en Los Ángeles, y se metió en el territorio de otra pandilla. El otro creo que está preso.
Cuando me salí de la mara empecé a pedir en los semáforos y hacerle de payasito. Hacía malabares para ofrecer un show, y después esperar un centavito. Recuerdo que estos fulanos bien vestiditos, que iban en un BMW, me dijeron: "payaso, andá a trabajar, caco de porquería, vago, drogadicto". Me encendió la sangre, y los insulté. Uno de ellos se bajó. No pude aguantar. Nosotros, los que nos criamos en la calle, sabemos pelear y nos conocemos bien todas las mañas. Le di sin asco hasta que me lo troné. Los otros dos que andaban con él se asustaron y salieron huyendo. ¿Me entiende por qué le quebré el…? Bueno: usted me entiende ¿no doctor? La psiquiatra que me atendió en la cárcel me dijo que soy un resentido por ser producto de una violación. ¿Será así, doctor?"
¿Quién tiene la "culpa" de esta tragedia social? Mientras hay jóvenes que, desde su nacimiento, piensan en qué universidad prestigiosa sacarán su doctorado, otros no saben si siguen vivos al día siguiente. No olvidar lo dicho más arriba: pese a todas las dificultades del caso, en Cuba no se da este fenómeno.
