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Nadie quiere luchar por Israel, aunque el petróleo persa se venda en dólares

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09.03.2026

Escribir sobre la política de ataques de Estados Unidos contra Irán es, en esencia, narrar la historia de la ignominia. Mi indignación no nace únicamente del 3 de enero; se afinca en las virales escenas del brazo fracturado de un veterano de los Marines, sacado a la fuerza de un salón del Capitolio —sede del poder legislativo de la federación— por pararse a reclamar con firmeza y a gritos sobre la ayuda militar a Israel, la escalada bélica contra Irán y el genocidio contra Gaza. "¡Nadie quiere luchar por Israel!", gritaba sin parar, incluso después de que sus propios compatriotas le fracturaran el cúbito y el radio de manera brutal. Jamás intentaron mediar, ni persuadir, ni siquiera amenazar; para ellos solo existe la fuerza bruta.

El video muestra a un veterano de guerra sufriendo en carne propia la humillante fuerza represiva por opinar, por atreverse ante un senador a exponer argumentos y por pedir no volver a ser instrumento de dominación, precisamente en el lugar donde se supone que la opinión y el debate sustentan la democracia. Definitivamente, en los EE. UU. no hay democracia. No solo este hecho demuestra la tiranía del establishment, pues hay muchos más videos con tales características circulando por las redes. Por ejemplo, en 2021, un oficial retirado interrumpió un discurso de Bush hijo —ya expresidente de los EE. UU.— exigiendo una disculpa por las mentiras sobre las armas de destrucción masiva en Irak, y fue sacado a rastras del salón.

Pero el caso que más nos debe conmover, y que ha sido silenciado al extremo de que pocos lo reseñan, es el de febrero de 2024. Frente a la embajada de Israel en Washington D.C., un soldado especialista en guerra cibernética —uno de esos que manejan robots a control remoto, ven desde arriba a la víctima y accionan el arma como francotiradores modernos— caminó hasta las rejas gritando marcialmente que ya no sería cómplice del genocidio. Allí se roció con líquido inflamable y se prendió fuego, gritando "¡Palestina Libre!" mientras las llamas lo cubrían. El ataque a Irán es vergonzoso y basta con plantear una pregunta: ¿Qué carajo le ha hecho Irán a los EE. UU.?

La historia lo explica en tres platos: primero, la nacionalización del petróleo en los años 50 por Mossadegh; segundo, el desarrollo tecnológico iraní en centrales nucleares y en su potente industria alimentaria y automotriz; y tercero, sus exitosas estrategias para evadir las sanciones. Esto último es lo que más aterroriza al establishment demócrata y republicano, pues Irán ha sido pionero en vender petróleo en otras monedas o mediante trueques, desafiando el petrodólar, pilar del poder global estadounidense. Para los gobiernos gringos, desde 1979, Irán es un modelo de resistencia que no acepta órdenes mientras ejerce soberanía en el golfo Pérsico, zona de salida del petróleo de Qatar, Irak, Kuwait, Emiratos, Baréin y Arabia Saudita. Todo es para asegurarse el petróleo.

Nuestro país, Venezuela, es la reserva certificada más grande del mundo y por eso necesitan un gobierno que les obedezca. Nos han aplicado agresiones desde siempre; así como aplicaron la Operación Ajax en Irán para instalar a un "Sha", aquí propiciaron el derrocamiento de Medina en 1945 cuando puso fecha de término a las concesiones, y le retiraron el apoyo a Pérez Jiménez en 1957 cuando dejó de serles útil. Le inocularon la muerte a Chávez al no poder contener su inmensa influencia internacional y recurrieron a la mentira y la extorsión al secuestrar a Nicolás Maduro, cagándose en todas las reglas y normas de convivencia del multilateralismo internacional, algo que ha costado millones de vidas en cientos de guerras en los últimos 125 años.

Contestando a la pregunta: nada. Absolutamente nada. Estamos ante la ignominia de una guerra preventiva que es, en lenguaje llano, un acto abortivo para mantener a Irán en el semidesarrollo. No es una guerra por el velo o la vestimenta de las mujeres, pues esos preceptos son comunes en el mundo musulmán, sean amigos o esclavos de los gringos. Sin embargo, los occidentales nos perdemos en la narrativa de la "guerra santa" sin darnos cuenta de que nosotros también estamos sometidos a la dictadura del petrodólar.

Una semana de guerra. Muerte y destrucción. Irán es la única nación del Medio Oriente que conjuga tamaño, población, industria y la voluntad para desafiar el imperialismo de los EE. UU. en esa región. Basta observar que las primeras víctimas del ataque han sido las más altas autoridades del Estado teocrático; a diferencia de los casos de Irak y Libia, en los que la guerra venida desde afuera terminó cuando mataron a sus líderes, estamos ante un caso atípico en donde pareciera no importar la sucesión del poder, lo que nos lleva a la hipótesis de que nunca habrá rendición.

Es una defensa legítima, pues lo que hay en ese inmenso desierto es de los persas. Debemos recordar que son una civilización milenaria, legendaria y hasta mágica —pues sabemos de sus alfombras voladoras—. No es una guerra propiciada o causada por los persas de Irán; no es una guerra para imponerle el Corán a estadounidenses o israelíes. Es una guerra para alargar hasta el infinito la medida temporal que desde 1944 implementó el uso del dólar estadounidense como moneda de intercambio y reserva mundial, y desde 1973 como única moneda utilizable para vender o comprar petróleo.

Los soldados estadounidenses no quieren ir a la guerra por cobardía o por rebeldía; la verdad de hoy, de un mundo con una inteligencia artificial —pero inteligencia al fin—, es que el soldado norteamericano, al igual que yo, que usted y que cualquier persona del planeta, tiene información completa y ya no se le puede adoctrinar con engaños. Le indigna la ignominia, siente vergüenza, llora ante la injusticia y ya no acepta ser utilizado y mucho menos mal utilizado.


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