Bad Bunny y los conciertos entre hermanos soberanos sin freedom
El 23 de febrero de 2019 —siete años ya han pasado—, en la frontera entre Venezuela y Colombia, sobre y debajo del Puente Internacional Simón Bolívar, hubo una batalla con palos, piedras, escudos y antorchas. Los presidentes de Colombia, Chile y Paraguay estaban allí, esperando el desenlace de la batalla para ingresar al territorio venezolano como edecanes de Juan Guaidó, el consentido de Trump.
El pretexto era ingresar, a juro, camiones con cargamentos de alimentos y medicinas recolectados por la comunidad internacional, sin la autorización ni supervisión del Gobierno de Venezuela. Un trámite elemental, lógico, pues por más humanitarias que sean las intenciones de ayuda internacional, el gobierno del país receptor debe verificar que tales insumos no estén piches, para ahorrarme palabras.
Luego, después del incendio de las gandolas sobre la línea imaginaria que define la jurisdicción soberana de dos naciones siamesas, entre las cenizas había objetos poco humanitarios.
La Guardia Nacional Bolivariana de Venezuela, con cascos, petos, caretas, chingalas y escudos, formó la primera línea........
