El mundial del deshonor: Cuando la pelota dejó de rodar…
«El fútbol solía ser el único territorio donde los pobres le ganaban a los ricos sin que nadie pudiera cambiar el resultado. Hoy, camaritas, hasta ese territorio fue colonizado.» ANACLETO
El Bohemio tenía ese aire de domingo que solo se consigue cuando el café se mezcla con el ruido de un mundial manchado. Carmen apenas daba abasto con los pedidos, pero todos habían venido a lo mismo: a escuchar a Anacleto y a ver el partido. En la mesa del rincón, el mapa del torneo estaba desplegado junto a los cables de agencia que llegaban desde Nueva York, Toronto y Ciudad de México. El ventilador giraba con esa lentitud que precede a las malas noticias.
El pichón de periodista llegó con el teléfono caliente, pero esta vez no traía un rumor de pasillo. Traía una indignación que le hervía en la boca. «Anacleto, esto es el colmo. El gobierno de Trump está vetando la entrada de selecciones africanas, les ponen trabas a los asiáticos, y al mejor árbitro del continente negro lo excluyeron del torneo sin explicación. Hasta España, Francia e Inglaterra están amenazando con retirarse. ¿Qué está pasando?»
Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que la indignación bien dosificada es mejor combustible que el berrinche. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, lo que está pasando es que el zamuro —ese carroñero que viste de organizador pero huele a podrido— se ha sentado en el trono del fútbol mundial y cree que puede silbar el partido como le dé la gana. Pero hay algo que no ha aprendido: el fútbol, camaritas, es el único deporte donde el árbitro puede equivocarse, pero la pelota siempre termina poniendo a cada uno en su lugar.»
El coronel retirado, con esa voz de quien ha estudiado estrategia militar, se inclinó sobre el mapa. «Anacleto, la FIFA sacó unas reglas nuevas. Sustituciones en diez segundos, micrófonos ultrasónicos en los vestuarios, censura a los capitanes. Eso no es fútbol, es control de masas.»
«Coronel, y tiene razón.» asintió Anacleto sin premura. «Pero la FIFA no es una víctima, es cómplice necesaria. Porque esas reglas no las inventó Infantino en una noche de insomnio. Las escribieron los abogados de la televisora gringa que pagó miles de millones por los derechos de transmisión. La FIFA se vendío al mejor postor El partido de fútbol, camaritas, ya no es un partido. Es un producto de marketing con patrocinadores en la camiseta, micrófonos en los vestuarios y árbitros que miran para otro lado cuando el anfitrión hace de las suyas.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó un informe de la prensa deportiva internacional. «España fue la primera en levantar la voz. Denunciaron que los campos de entrenamiento en Texas eran inseguros, que las sustituciones en diez segundos son inviables, que los micrófonos ultrasónicos violan la intimidad de los jugadores. Francia la secundó. Inglaterra les siguió, denunciando la censura a los capitanes. Argentina, que no se queda callada nunca, coincidió en todo. Y la FIFA, en lugar de mediar, guardó silencio. Esa no es administración, camaritas, es complicidad por omisión.»
Anacleto asintió, golpeando suavemente la mesa con los nudillos. «George Orwell escribió que 'el deporte es la guerra sin balas'. Pero aquí, camaritas, el anfitrión trajo las balas. Y las balas, en este caso, son visas........
