Las fallas eléctricas en Venezuela: 26 años de promesas, apagones y una red en terapia intensiva
Venezuela no atraviesa una simple crisis eléctrica. Vive, desde hace años, en una especie de vigilia forzada entre racionamientos, apagones, bajones de voltaje y promesas oficiales que duran menos que un bombillo chino en sobrecarga. La narrativa ha cambiado con los gobiernos, pero el resultado sigue siendo el mismo: un país a oscuras, administrado por autoridades que explican el colapso con la misma creatividad con la que evitan asumir responsabilidades.
La primera gran crisis eléctrica moderna se declaró a inicios de 2010, durante el mandato de Hugo Chávez. Entonces se habló de emergencia, de racionamiento y de medidas extraordinarias, en medio de una severa sequía que redujo los niveles de Guri y de una falta de inversión que ya venía socavando al sistema desde años antes. La electricidad comenzó a dosificarse como si fuera medicina escasa, mientras el país descubría que la planificación energética también podía morir de abandono.
Ya para finales de 2009 y comienzos de 2010, los hornos de SIDOR empezaron a apagarse progresivamente por orden del Gobierno nacional, bajo el argumento del racionamiento eléctrico. Se impusieron cortes de 2 a 4 horas diarias, se redujo la jornada laboral pública y se restringió al comercio. Así comenzó una etapa que normalizó lo inaceptable: en vez de resolver la crisis, se administró el apagón como si fuera política pública.
Promesas, excusas y memoria corta
La crisis del Sistema Eléctrico Nacional no solo dejó racionamientos. También produjo una colección de promesas incumplidas que hoy forman parte del archivo oficial de la desmemoria. En abril de 2013, Jesse Chacón aseguró que estabilizaría el sistema en 100 días y llegó incluso a ofrecer su renuncia si no cumplía. El problema fue que no cumplió, no renunció y el país siguió hundiéndose en una precariedad eléctrica cada vez más profunda.
Entre 2014 y 2018, el deterioro se aceleró. Las denuncias de corrupción, sobreprecio, desvío de recursos e ineficiencia gerencial dejaron de ser murmullos de técnicos y se convirtieron en una constante. El sistema empezó a mostrar sus costuras: subestaciones envejecidas, mantenimiento insuficiente, equipos dañados y una burocracia más preocupada por sostener el relato que por sostener la red.
Y llegó 2019, cuando el país terminó de entender que el colapso ya no era una posibilidad sino una rutina. El gran apagón de marzo dejó a buena parte de Venezuela sumida en la oscuridad durante días y confirmó lo que ingenieros y especialistas venían advirtiendo: un sistema sin inversión, sin........
