La riqueza es ajena y la miseria es nuestra
La serie de artículos que a continuación presento es fruto de una larga y profunda reflexión interna, que he venido gestando durante algún tiempo, pero que ha eclosionado de manera abrupta a raíz del reciente rapto del Presidente en ejercicio, Nicolás Maduro, por parte de fuerzas especiales norteamericanas. Este acontecimiento —que para unos no pasa de ser una sorpresa o un juego geopolítico, y para otros, una premonición largamente anunciada— no es más que un nuevo capítulo de esa violencia socioeconómica estructural que Orlando Araujo retrató con lucidez en su obra.
Este hecho inesperado reconfigura de golpe las coordenadas políticas del país, y, como es ley en la historia de nuestras naciones periféricas, las condiciones económicas no hacen sino seguir el invariable patrón de vasallaje. Una y otra vez, como una rueda más en el eterno ciclo de dependencia y sumisión frente a las potencias extranjeras, la economía de nuestros países repite su condena. Y entonces, esa frase se nos graba en el corpus y en el locus mental con una precisión dolorosa y certera: Y no es más que del célebre pensador Caldereño y poeta por antonomasia: Orlando Araujo:
"La riqueza es ajena y la miseria es nuestra."
Esa sentencia, que parece un epitafio, es en realidad el diagnóstico recurrente de nuestra historia. Lo que hoy irrumpe como un hecho violento y sorpresivo no es sino la manifestación más reciente de un orden mundial que nos asigna el lugar del recurso, nunca el del sujeto. Por eso, estos artículos no buscan narrar el acontecimiento, sino descifrar su trama profunda: la que vincula el poder, el saqueo y la memoria herida de un pueblo que, una vez más, asiste a su propio despojo.
La violencia originaria: perla, indígena y el primer enclave venezolano (1498-1542)
Las obras completas de Orlando Araujo (Caracas, 1927-1987) suelen asociarse, con razón, a su trabajo literario — la novela Regreso al sur y, sobre todo, Crónicas de Caña y Muerte, Compañero de Viaje, los Viajes de Miguel Vicente Patacalienta, entre otras, que representan un hito en la Literatura venezolana del Siglo 20. Pero esa sola cara del autor oculta otra menos transitada: la del economista formado tanto en COLUMBIA como en la CEPAL; lector temprano de Ruy Mauro Marini, Theotonio dos Santos, Franz Fanón, entre otros, atento a la dependencia estructural que la izquierda latinoamericana venía diagnosticando desde fines de los años cincuenta.
Esa doble formación —la del poeta que mira el paisaje y la del economista que mide sus flujos— se cruza, en 1968, en un texto singular: Venezuela Violenta, un ensayo escrito en el fragor de la lucha armada de los años sesenta, donde Araujo se propuso cartografiar la violencia estructural del país desde una perspectiva marxista, con la convicción de que esa violencia no era coyuntural sino constitutiva.
Lo que sigue es un ejercicio tributario de esa obra y, al mismo tiempo, una corrección de sus límites. La tesis de Araujo identificó dos fases de la violencia venezolana —una feudal, heredera del colonialismo español y prolongada hasta bien entrado el siglo XX, y otra imperialista, que se inicia con la inserción del capital petrolero trasnacional. Aquí sostengo que esa periodización tiene una columna vacía a la izquierda: la fase originaria o proto-enclavista, que se ejerce en las islas de Cubagua y Margarita entre 1498 y 1542, y que precede y prepara las dos fases siguientes. Documentar esa fase originaria es el objeto de este capítulo.
Uno de los protointentos de descubrir lo que ocurrió en dicho enclave viene de un gran literato venezolano llamado Enrique Bernardo Núñez. antes que Araujo formulara su tesis, el novelista Enrique Bernardo Núñez publicó en París, en 1931, una novela titulada Cubagua que ya sostenía —en clave vanguardista y mediante la superposición de los siglos XVI y XX— la continuidad estructural de la violencia venezolana. Su frase final, 'todo estaba como hace cuatrocientos años', es la condensación literaria de la tesis que este ensayo documenta.........
