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No cruces la raya ¿O no critiques al poder?

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30.04.2026

Respuesta a Julio César Colmenares

El planteamiento de Julio César Colmenares no parte de la defensa de una revolución hace tiempo ya liquidada, sino de algo muy distinto: la sacralización de la dirección política como si fuera un fin en sí mismo. Bajo un lenguaje de lealtad y disciplina, lo que realmente se nos propone es un desplazamiento clásico desde el punto de vista marxista: sustituir la independencia de clase del proletariado por la obediencia a un aparato que administra el Estado.

No es un problema de tono ni de formas. Es un problema de contenido de clase.

Cuando se exige "no cruzar la raya", lo que se está delimitando no es un principio revolucionario, sino un marco de permisividad política donde la crítica deja de ser un instrumento de la lucha de clases para convertirse en una amenaza. La dirección pasa entonces de ser un instrumento histórico —transitorio, condicionado, criticable— a convertirse en una instancia que debe ser preservada, protegida y, en última instancia, blindada frente a la propia base social que dice representar.

Ese es un giro peligroso.

Porque desde el marxismo, un auténtico movimiento de izquierda no se mide por el grado de cohesión discursiva ni por la disciplina hacia arriba, sino por la capacidad de la clase trabajadora de intervenir conscientemente en su propio destino, lo cual implica necesariamente crítica, confrontación y delimitación política.

Lo que aquí se presenta como "unidad" no es más que unidad pasiva, es decir, subordinación.

Lo que se denuncia como "divisionismo" no es otra cosa que el intento —todavía confuso, contradictorio, pero real— de sectores que perciben que el rumbo actual no responde a sus intereses de clase.

Y por eso hay que decirlo con claridad. Cuando la crítica es vista como traición, lo que está en crisis no es la lealtad de la base sino la legitimidad de la dirección.

La historia del movimiento obrero es implacable en este punto: cada vez que se ha intentado sustituir la verdad política por la disciplina, el resultado no ha sido un movimiento más fuerte, sino su progresiva adaptación, deformación y, finalmente, su degeneración.

Por eso, el problema no es que alguien "cruce la raya".

El problema es quién la traza, en función de qué intereses y contra quién se aplica

La consigna de que "los trapos sucios se lavan en casa" aparece, a primera vista, como una apelación sensata a la responsabilidad colectiva. Pero en política —y más aún desde una perspectiva marxista— no hay frases inocentes. Detrás de esa formulación se esconde una concepción muy precisa: la subordinación de la verdad política a la necesidad de preservar una imagen de unidad.

Y eso tiene consecuencias.

Históricamente, esta idea ha funcionado como un mecanismo para desplazar la crítica del terreno político al terreno administrativo, es decir, para sacarla del espacio donde puede incidir en la conciencia de la base y relegarla a circuitos cerrados donde pierde fuerza, se diluye o simplemente se neutraliza. En nombre de la "unidad", lo que se impone no es un debate más alto, sino un........

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