El comunicado de los capituladores del gobierno. Desaparece la palabra imperialismo
El marxismo y la agresión imperialista contra Irán
El 28 de febrero de 2026, la cúpula de capituladores del gobierno publicaron un comunicado sobre el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, sin utilizar jamás la palabra imperialismo ni señalar de forma directa a la potencia imperialista agresora que ha transformado a Venezuela en una colonia de facto. El comunicado condena los ataques y "lamenta profundamente" la vía militar en medio de las negociaciones, o para ser más precisos chantaje, lamenta las víctimas civiles, expresa consternación por niñas muertas en una escuela primaria iraní y hace un llamado a la "solución pacífica de controversias" y al respeto de la Carta de las Naciones Unidas. Llaman "controversia" a una amenaza imperialista. ¿Es la amenaza del imperialismo contra Cuba una controversia? ¿Fue una controversia la agresión estadounidense contra Venezuela el 3 de enero o una intervención imperialista?
Ese lenguaje no es ingenuo. Cuando una potencia imperialista despliega bombardeos, sanciones y fuerza militar, no estamos ante una controversia entre iguales, sino ante la imposición violenta de intereses imperialistas. Nombrarlo de otra forma es encubrir la relación de dominación.
Lo que sobresale no es solo lo que dice el texto, sino lo que omite: no hay mención alguna del imperialismo, ni una condena explícita a la potencia imperialista que, desde hace meses, ha intervenido militarmente en el país, secuestrado a su presidente y reconfigurado su aparato de Estado. El mismo imperialismo que ha aupado el genocidio en Gaza.
En torno al ataque contra Irán, el comunicado se limita a describir la situación como una "peligrosa e impredecible escalada de acontecimientos" y condena por igual los ataques iniciales y las represalias de Teherán. Habla de diplomacia, de respeto al derecho internacional y de negociación, lenguaje propio de la diplomacia burguesa, que siempre busca diluir responsabilidades y equilibrar agresor y agredido en una falsa simetría.
Más allá del régimen tirano de los ayatolas, Irán tiene el legítimo derecho de defenderse frente a una agresión imperialista. Esta no es una posición moral ni diplomática: es una posición marxista clásica. Lenin lo formuló sin ambigüedades en El socialismo y la guerra (1915):
"Si mañana Marruecos declarara la guerra a Francia, o la India a Inglaterra, o Persia o China a Rusia, esas serían guerras ‘justas’, guerras de defensa, independientemente de quién atacara primero; y todo socialista simpatizaría con la victoria de los Estados oprimidos, dependientes y desiguales frente a las grandes potencias opresoras, esclavistas y expoliadoras."
El criterio no es el carácter del régimen, sino la relación estructural entre nación opresora y nación oprimida dentro del sistema imperialista.
Trotsky fue todavía más contundente en 1938, al plantear el caso hipotético de un conflicto entre Inglaterra y Brasil bajo la dictadura de Vargas:
"En caso de un conflicto militar entre Inglaterra y Brasil, ¿de qué lado estará la clase obrera? Yo responderé: en este caso estaré del lado del Brasil ‘fascista’ contra la Inglaterra ‘democrática’."
Y precisaba que ello no implicaba apoyo político al régimen brasileño, sino una posición frente al imperialismo. De igual modo, respecto a la invasión japonesa de China, afirmó:
"Apoyamos la guerra de China contra Japón. No apoyamos al gobierno de Chiang Kai-shek. Mantenemos nuestra completa independencia política. Pero en la lucha militar estamos del lado de China."
Esta es la tradición marxista: defensa militar del país agredido, independencia política total respecto a su gobierno reaccionario.
Llamar "controversia" a una amenaza imperialista no es prudencia diplomática; es colocarse en el terreno de la potencia agresora.
Y ese derecho a la defensa iraní el gobierno capitulador de Venezuela lo llama "condenable". Condenable es la diplomacia burguesa venezolana.
Es así como los capituladores del gobierno actúan ahora como meras marionetas gringas y ponen la diplomacia venezolana al servicio del imperialismo norteamericano.
Pero esta renuncia a nombrar al imperialismo estadounidense como potencia agresora no es un simple giro retórico. Es la expresión de una rendición política completa, sin eufemismos. Cuando un Estado es dominado, y la clase dominante local pasa a administrar subordinación en lugar de resistencia, los conceptos de la lucha de clases y la crítica al capitalismo desaparecen del discurso oficial.
La eliminación deliberada del término imperialismo revela que ya no se trata de un gobierno de izquierdas, sino de uno que gestiona la subordinación. El imperialismo deja de ser comprendido como fase superior del capitalismo y como expresión concreta de la dominación del capital financiero mundial, para presentarse como un hecho neutro, desligado de las relaciones de producción que lo engendran
Esto no sólo blanquea la intervención militar extranjera, sino que oculta la lógica estructural que la hace posible: la expansión del capital financiero, la proyección global de fuerza por parte de las potencias dominantes y su intervención directa en países que resisten su hegemonía.
Al colocar agresión y respuesta en el mismo plano, y al apelar por igual al respeto de la Carta de la ONU, el comunicado convierte en equivalente a quien bombardea y destruye escuelas con quién responde bajo asedio. Es como si Venezuela hubiera respondido militarmente al ataque imperialista del 3 de enero y luego veamos a otro país condenando a Venezuela también, cuando en realidad se está defendiendo.
Esta equiparación es ideológicamente funcional al orden imperial: cuando no se nombra al agresor estructural, el conflicto se presenta como si fuera un enfrentamiento simétrico, sin causas profundas ni factores de poder.
Este giro discursivo se inscribe en un proceso más amplio: el desplazamiento de la narrativa antiimperialista real hacia una diplomacia institucional que evita pasar por encima de los intereses del capital. Bajo esa lógica, se prefiere hablar de estabilidad, negociación, respeto al derecho internacional y a la comunidad internacional antes que nombrar quien realmente ejerce la dominación, ya no solo en Medio Oriente, sino en América Latina y en particular en Venezuela.
La desaparición del término imperialismo en un comunicado sobre una guerra desatada por una potencia con base militar y dominación financiera universal no es neutral. Significa que el discurso oficial ya no se define por una confrontación de clases a escala global, sino por la gestión subordinada de la propia dependencia. Cuando el imperialismo no se nombra, deja de combatirse desde el discurso oficial.
En ese sentido, este comunicado no solo representa una renuncia semántica: es la constatación de que el imperialismo hoy manda en Venezuela, y los servicios diplomáticos solo administran la subordinación a su lógica de poder.
Los dos fusiles de los trabajadores
Los marxistas defendemos la consigna de los dos fusiles por cada trabajador. Uno contra los agresores imperialistas y el otro contra el régimen reaccionario iraní.
No existe contradicción entre ambas tareas. Al contrario, separarlas es caer en el campo de uno u otro enemigo. Quien, en nombre del antiimperialismo, justifica políticamente a la teocracia, traiciona al proletariado iraní. Quien, en nombre de la "democracia", se coloca del lado de la potencia imperialista, se convierte en auxiliar ideológico del saqueo imperialista.
La defensa de Irán frente a la agresión externa no es defensa del régimen. Es defensa del derecho de una nación oprimida a no ser aplastada por el capital financiero internacional y su maquinaria militar. Pero esa defensa sólo puede ser consecuente si se combina con un programa revolucionario propio.
Ese programa no pasa por la conciliación nacional ni por la unidad sagrada frente al enemigo externo. Pasa por la movilización independiente de la clase trabajadora iraní, por la expropiación económica y política de su burguesía, por la ruptura con toda forma de subordinación imperialista y por la construcción de organismos de poder obrero capaces de enfrentar tanto la agresión externa como la opresión interna.
Esa es la diferencia entre el marxismo y la diplomacia burguesa. No elegimos entre verdugos. Construimos una salida propia. La única salida es la revolución socialista.
