La vida pende de un hilo
Les comparto este relato que por segunda vez he vivido en carne propia: el acto de arrebatarle a la muerte la llama viva de vidas juveniles.
En este escrito me aparto del trazo habitual y del estilo con que he tejido los anteriores. Por razones sagradas de reserva y para amparar la identidad de su protagonista —puesto que se trata de una menor de edad—, guardo en el tintero de mi pluma su nombre.
Aquel sábado diecinueve de septiembre del año en curso, me encontraba en el refugio de mi residencia, un barrio popular donde con humilde orgullo he echado raíces durante cuarenta y dos años: el barrio Los Guaduales de Calarcá. Transcurrían las tres y cuarenta de la tarde y mi mente se hallaba inmersa en la calma del estudio, labrando las ideas para un examen universitario.
De pronto, el murmullo de la tarde y la concentración académica se vieron fracturados por la aspereza de una fuerte discusión. El aire de la cuadra se volvió denso entre el reclamo de un padre y el desgarro de su hija. En las ventanas, como en todo barrio donde la vida se respira a orillas de la calle, los vecinos asomaban la mirada al drama; yo mismo, incapaz de abstraerme al peso del aire, me asomé a contemplar la escena. Una joven de escasos diecisiete años confrontaba a su padre. Tras un instante amargo, la tormenta pareció amainar: el hombre se retiró de la escena de la........
