Fenomenología del "siervo" venezolano
Lo que menos podía imaginarse el filósofo alemán Hegel es que, en medio del cañoneo que anunciaba el avance indetenible de Napoleón, sus rollos románticos y las pesadas abstracciones de sus especulaciones idealistas absolutas, terminara explicando las miserias de unos burócratas, policías y militares metidos a empresarios, de por estos lados del norte de la América del Sur, en pleno Caribe, en la parte más apetitosa del Patio Trasero, un siglo después de escrito su libro más debatido.
Yo he intentado en mi vida entrarle a varias guarataras literarias y filosóficas. Retrocedí derrotado ante la meticulosidad perceptiva y lingüística del Ulises de Joyce. Comencé varias veces la Fenomenología del Espíritu, de Hegel, estudiada con fruición por Marx y mi inolvidable amigo Orlando Zabaleta, solo porque supo que Lenin lo recomendaba para poder entender otro ladrillo, El Capital. Mi pana venció en esas batallas filosóficas, pero no su lucha contra el COVID. Pero logró, gracias a sus explicaciones, que medio entendiera el capítulo sobre la dialéctica del amo y el esclavo, que luego creí entender un poquito más con los comentarios del balurdo de Fukuyama, de Kojeve, un profesor respetable que manejaba a Hegel como yo mi carrito, y Dugin, el asesor de Putin.
Pero vamos al texto del alemán. Entiendo (con todas las reservas del caso; odio esa prosa ultrapesada hegeliana) que, según el autor de marras, el esclavo logra que el amo lo reconozca como un igual, es decir, como un sujeto con voluntad, solo cuando demuestra que está dispuesto a morir por su libertad. O sea, si el miedo a la muerte física es mayor que tu deseo de libertad, te quedas esclavo; en cambio, si arriesgas la vida, te vuelves humano.
Esta es la idea que saco en claro: primero, la historia de la Humanidad es la lucha por el reconocimiento. Segundo, el amo considera a su esclavo, no como un sujeto humano, sino como una "cosa que habla" (como diría Aristóteles), un simple instrumento, una bestia sin subjetividad y, menos, libertad. Tercero, si el esclavo se alebresta y se resiste a su sometimiento, el Amo puede castigarlo y hasta amenazarlo (y ocasionarle) la muerte. Ahí es donde se llega al momento decisivo. Si el esclavo baja la cabeza, queda esclavo, cosa, bestia, mero instrumento. Pero si continúa con su rebelión, arriesgando su vida, es decir, dándole a entender al Amo que está dispuesto a morir, e incluso si muere, es entonces que el Amo acepta que el tipo no es una vaina ahí, sino otro Sujeto, otro ser humano, otro individuo libre y soberano. Es decir, el progreso en la Historia de la Humanidad, depende de este reconocimiento, de este dilema mortal.
La idea hegeliana influyó en la noción marxista de la lucha de clases. Incluso, en fechas más recientes, hay un eco de esa "fenomenología" en esa consigna tan sonada de "Patria o muerte". Ya lo han practicado muchos mártires cristianos, musulmanes o judíos. O eres gente, o te mueres. Hasta que llegaron estos aguajeros, bailadores de salsa, jodedores de plaza.
Claro, se puede excusar a Hegel por no leer al brillante filósofo Francisco Ameliach, quien superó a toda una pléyade de pensadores anglosajones: Dewey, Peirce, James, Wright, Rorty y Bernstein, cuando formuló los principios del "pragmatismo chavista", con la influencia directa de Groucho Marx (no, Karl, por supuesto) quien ofrecía cambiar de principios de acuerdo a los gustos del cliente.
Resulta que en esta región apetitosa del Patio Trasero, el Esclavo no quiere ser Humano, sino Administrador (sí, con mayúsculas, le da como más fuerza). Y esto se nota más hoy cuando los iraníes shiítas, esos "fanáticos", parecen haber leído a Hegel más que al Corán, o al menos se lo toman en serio. La dirigencia chavista, gracias a las luces de su filosofía pragmática, decidió que la disposición a la muerte es "poco práctica", no da resultados o beneficios, es malo para los negocios. Tras la capitulación del 3 de enero de 2026 y la captura de Maduro, la retórica del "patria o muerte" se transformó, por arte de magia y pragmatismo, en los arrullos del "amigo y socio". Esa competencia que tienen MCM, Delcy y otros más a ver quién jala más delicioso.
El brillo de esta nueva contribución al pragmatismo filosófico es su sugerencia de que la sumisión del Esclavo es una forma de resistencia. Toda una refutación a Hegel, a Marx, al Corán, la Biblia y varios volúmenes más. Además, por eso (esta profundidad lógica me rebasa), acusan a un "equipo apátrida" que hace lo mismo que ellos, competir por los cariñitos del Amo, ofreciendo entregar el país con alegría, mientras que ellos lo entregan con mucha más rapidez y eficiencia.
Lo cierto es que, mientras unos, fanáticos o no, están dispuestos a morir antes que ceder un ápice de su soberanía, con toda la mortandad que ello implica, aun creyendo en un premio en la otra vida, los burócratas, militares y policías de este Patio Trasero, ante el primer grito del Rubio anaranjado y de Rubio, corren a reformar la Ley de Minas y entregan la primera tonelada de oro y la búsqueda de las Tierras Raras. Mientras el Amo (o el General Captain con acento de Florida) da las instrucciones desde Washington, el esclavo criollo no busca el reconocimiento de su subjetividad a través del riesgo de su vida. Al contrario, busca el reconocimiento de su utilidad a través de la entrega del oro y las tierras raras. Debe ser el trópico, pero aquí no funciona la dialéctica de Hegel. Aquí le redactan el inventario al amo antes de que este termine de pedirlo. Al final, Hegel es muy pesado e incomprensible.
Es Business, y viveza criolla. Y hasta le tienen terror al "fantasma del bochinche" que puede que salga a las calles a pedir cosas como el cumplimiento del artículo 91 referido a algo ya superado como el salario suficiente para una vida digna, como reza el texto constitucional. Apenas hay un reclamo por esas minucias como la legitimidad de la voluntad popular, chillan "bochinche, bochinche". O peor, "candelita que te prendes, candelita que te apagas". O mejor, "Little fire that turn on, Little fire that turn off". En inglés, para que entiendan.
No soy hegeliano. Ni siquiera sé si soy marxista a estas alturas. Lo que me parece es que un fantasma recorre las calles, el fantasma del pueblo anda por ahí pidiendo salario, soberanía, libertades, como el espectro que le salió a Hamlet, y lo motivó a que este urdiera su factura.
