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Libro, lectura y escritura: principios interactivos

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21.04.2026

El libro, objeto misterioso

El libro del que hoy hacemos uso es un invento relativamente reciente. Es un objeto al que siempre acudimos en busca de muchas cosas, pero esas cosas que buscamos en los libros siempre son cosas que se sitúan más allá del libro, lo que necesitamos de un libro es algo que se sitúa en una zona de ausencia, en una zona abstracta que llamamos conocimiento, saber, placer o información, y puede ser todas estas cosas juntas. Es una zona que en el libro empieza a adquirir cierta palpabilidad, pues allí estamos cumpliendo un acto de desciframiento del mundo o de la realidad, o de las realidades del mundo, o del mundo de las realidades, como lo queramos llamar: es un mundo que convocamos cuando ejercemos el acto de leer. Digamos que el libro contiene bajo la forma de las palabras aquello que hablamos, aquello que pensamos, sentimos, soñamos o imaginamos, y al hacerlo el libro entabla con nosotros un diálogo silencioso que nos piensa y hasta pudiéramos decir que nos imagina, pues nos hace partícipes de mundos insospechados.

El libro contiene elementos cifrados en palabras, en símbolos de pensamiento y en símbolos mentales engendradores de todo tipo de situaciones que convocan las presuposiciones de la filosofía, los ritmos de la poesía, los relatos de la tradición, el tejido de las costumbres, la historia de las ideas. Y éstas pueden dar origen al análisis de la investigación científica, a los documentos comentados que constituyen la historia y a los distintos ideales del arte. Todas estas pretensiones tiene el libro, el cual no es más que un objeto frágil que apenas atrapa una parte ínfima de la vida humana, mucho menos importante que el sencillo acto de existir y de pensar; incluso de pensar sobre él, sobre el libro.

Posterior a la oralidad, el libro no existiría sin ella, sin un lector que pueda pensar y hablar, sin necesidad de leer. Lo que ocurre es que el libro cifra nuestra memoria y luego la esparce para que sea del otro, de los otros. Hace varios siglos, los libros eran papiros o pergaminos, manuscritos de un oficiante especializado que de modo ritual se sentaba a una mesa a fijar las palabras trabajosamente, con métodos rudimentarios. En la Edad Media, ámbito de nacimiento del libro y de la cultura letrada, no eran los escritores sino los juglares y los clérigos los responsables de divulgar el saber, las costumbres o los valores de la sociedad. Los sacerdotes y los cantantes populares tenían un mayor peso en la familia o en la población que los escritores o profesores. Los juglares –los cantantes— generalmente ajenos a la lengua oficial y a la cultura de la iglesia eran quienes divulgaban, a través de las cantigas o los cantares de gesta, aquellos mensajes, se ganaban la vida frente a un público y eran los responsables de transmitir la música o la literatura con gestos, acrobacias, mimos, canciones o poemas.

La cultura oral es entonces la que crea el ámbito principal del saber, y no el libro. La comunicación oral, a diferencia del libro, permite la proximidad real y se apoya en la memoria, e insiste para que ésta no se diluya. Por eso es que el lenguaje literario y poético surge como modo de recuperar la información cultural que se va extraviando y puede memorizar mitos, leyes, técnicas, ritmos y concepciones del mundo que de otra manera se hubiesen perdido.

La escritura surgió hace como seis mil años, y si somos más rigurosos y nos referimos a la escritura alfabética, tendríamos que situarla alrededor del año 1500 antes de Cristo.; fue siempre minoritaria frente a la actividad de los juglares. Aunque a veces se apoyaban mutuamente, ambas prácticas engendran modos distintos de situarse ante la realidad: la mente estructurada por la palabra escrita o sin ella, afecta sin duda el mensaje final, aquello que desea ser expresado.

Por otro lado habría que citar el papel de la Iglesia con sus prácticas evangelizadoras, que requieren de un esfuerzo de adaptación por parte de los clérigos o sacerdotes, para llevar a cabo sus sermones o cantos a través de las ceremonias, del ritual de la misa o de las procesiones, como modos de asegurar a sus siervos. Así, durante la Edad Media, el libro no tuvo ninguna influencia en las gentes corrientes, pues fue una expresión minoritaria localizada en eruditos, escribanos de la Iglesia, formas sacralizadas que suponen el racionalismo de esa Iglesia, heredado de la cultura aristocrática de los griegos y los romanos; en el fondo es una fijación de la letra que suponía una autoridad del texto. Entonces, un libro como la Biblia asume la autoridad máxima de ese texto y se erige como referencia máxima de lo escrito. Pero la Biblia es un texto que se lee en un culto, en una misa, fue y sigue siendo un texto colectivo basado en una lectura social y ritual, que de éste modo subraya aún más su carácter de texto máximo. Aunado a ello está la catedral, antiguo espacio público del libro, espacio donde acuden los iletrados y los analfabetos a escuchar palabras emanadas de su libro. El templo surge así como marco de la cultura, donde el libro es un vehículo para obtener cosas más importantes. Sin embargo, la Biblia comienza a ser objeto de fetichismo, de libro único. Mientras que en aquel tiempo la biblioteca era un coto cerrado y las viviendas se reducían a ser espacio de meras labores físicas, plazas y calles surgen como espacios donde se da rienda suelta al vocabulario familiar para representar obras cómicas o vulgares (del vulgo, del pueblo); así, el espacio público es esencialmente de diversión y risa, mientras que en los templos se iba a oír las palabras del Gran Libro (la Biblia), y a purgar los pecados.

Tenemos entonces que los refranes, las fábulas morales, los cuentecillos chismosos –que son recogidos luego por escritores prominentes como Bocaccio y Chaucer— fundan en estos autores la literatura narrativa en Italia e Inglaterra respectivamente. Vemos cómo los llamados cuentos literarios no son sino redacciones artísticas de estos cuentos folklóricos y tradicionales.

Con todo esto queremos indicar que la cultura o civilización del libro (cultura proviene de cultivo y civilización de ciudad) mantuvieron antes unas formas canonizadas dominadas por muy pocos, sólo visibles gracias a unas técnicas muy específicas, que independientemente de sus contenidos siempre pretendieron poner límites y racionalizar la existencia del continuum vital, mediante el ejercicio de los signos escritos, y al mismo tiempo mostrarse como un símbolo de distinción o de distanciamiento social hacia los iletrados.

Comienza entonces el fetichismo del manuscrito, el alarde de la caligrafía, de la escritura artística de los caracteres que dan origen al coleccionismo, al fetichismo y a la concepción clasista del conocimiento. Comienza también el fenómeno de las especializaciones, del copista profesional localizado en conventos y universidades y en la organización de este trabajo, hasta llegar a los Monasterios.

En estos Monasterios los monjes cortaban, a cuchillo y regla, los pergaminos, con la técnica conocida como quadratio medían líneas y bordes, trazaban rayas a lápiz o tinta, y luego se sentaban en pupitres donde los esperaban tinteros y plumas, para que dieran comienzo a su labor de escritura.

La iglesia y los libreros

Poco a poco, los manuscritos se van personalizando, pues en los mismos textos se informa de las dificultades del trabajo, al incorporar colofones, fechas de conclusión, agradecimientos, etc., que van adquiriendo unas características peculiares y muchas veces complejas, las cuales producen dudas acerca de los datos precisos de ejecución. Esta labor artesanal de ejemplares únicos crea un espacio e prestigio para el libro, que sólo será vulnerada hasta la aparición de la Universidad como institución, donde se ejerce la crítica y el libre albedrío. La hostilidad de la Iglesia hacia los saberes laicos determinó una gran diferencia en la libertad de elegir los temas para el libro. El ámbito universitario comienza a propiciar la aparición de libros de bestiarios y........

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