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Matamos al tigre y le tuvimos miedo al cuero

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Cómo interpretar al sol de hoy esta realidad que nos embarga y ocupa, después de los acontecimientos y el reconocimiento de la presidenta (E) Delcy Rodríguez, según lo dispuso la administración Trump desde la Casa Blanca, es esta nuestra soberanía, porque estoy algo confundido con lo que viene pasando, y es como si no pasara nada, porque seguimos bajo las mismas condiciones, o quizás peor, así lo veo, así lo siento, así se debate la suerte de quienes vivimos en la República Bolivariana de Venezuela después del 3E26 de la traición. Pareciera como que no era ni soberana ni independiente, y se le ocurrió a los salvadores de Occidente, los occidentales estadounidenses, sellando con asedios, imposiciones, ataques de todo tipo, hasta la intervención armada, la invasión y bombardeo, para capturar al autócrata, dictador, narcoterrorista, Nicolás Maduro Moros, quien fungía a juro o de facto, según narrativas entre gringos y oposicionistas en el Caribe, la región y desde la Comunidad Europea desplazada y en segundo lugar por USA de su primacía occidentalocéntrica.

El expreso reconocimiento de nuestra soberanía por el Estado de la Unión, obligándonos a la fuerza a entrar por el carril, a través de la diplomacia de las cañoneras y los misiles que nos dieron el feliz 2026 aquel 3 de enero de madrugada y días después se nombra a Delcy Rodríguez por parte de su hermano Jorge Rodríguez, y por aprobación de Donald Trump, como la presidenta (E) de la RBV, como lo pauta la CRBV. El contraste con la detención, secuestro y extracción de la pareja presidencial de facto, para llevarlos presos a Nueva York. Todo esto plantea una serie de cuestiones complejas, interrogantes que se deben interpretar desde diferentes perspectivas; política, jurídica, diplomática, ética, económica. Propongamos un análisis estructurado y abordemos estos temas relacionándolas con la soberanía, las relaciones diplomáticas y cuanto pueda interpretarse como una estrategia de legitimación por parte del gobierno interino o alternativo, al que lideró Maduro, sobre todo asumiendo que Washington haya considerado que, al no representar la voluntad popular, tampoco cumplía con los estándares de la democracia exportada por América anglo protestante.

Las contradicciones afloran ante el reconocimiento en medio de los conflictos planteados y acciones unilaterales, impuestas por quien se considera el hegemón, violentando todos los procedimientos legales y legítimos del derecho internacional, y cuánto debía adecuarse normas vigentes y procedimientos para la convivencia pacífica entre los estados. Dónde quedó el respeto a la soberanía nacional, acaso no estamos en presencia de un doble estándar, el reconocimiento de la soberanía venezolana por los EE.UU. sería contradictorio si lo acompañamos con acciones como el secuestro de Maduro o la imposición de medidas coercitivas (como sanciones económicas o intervenciones militares). Es, a decir lo menos, un intento por ejercer control en el país sin respetar su autonomía, y de la legitimidad internacional desde el reconocimiento del respeto a los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos, tal como lo establece la Carta de las Naciones Unidas.

Acaso procede el tutelaje en nombre de una autoridad que se abroga al haber violado en número indeterminado de delitos, y con su cara muy lavada la administración Trump nos impone como gobierno sumiso al de Delsy. Cómo debemos interpretarlo a la luz de lo que está aconteciendo contra Cuba, contra Irán, con las imposiciones que nos conminan a entregarle nuestras reservas y todo lo que hay en el subsuelo, el deshonor de los vendepatria luego de la entrega de los secuestrados Maduro y Cilia, bajo fútiles acusaciones ilegales, porque ambos fueron extraditados a EE.UU. sin previo proceso ni consentimiento del gobierno venezolano, siendo una clara violación a la corte internacional, y la protección de la soberanía de los Estados y la inmunidad de los jefes de Estado en ejercicio y de los miembros de la Asamblea Nacional. Esto tiene o no impacto político en toda la región, donde se ha puesto en jaque por la directa injerencia externa a los asuntos internos de los países de la región, socavando la legitimidad de la relación diplomática bajo tales términos, cuando ni siquiera se ha declarado la guerra.

De cual respeto, cuál aval a la soberanía nacional después del secuestro del presidente de facto, pero presidente desde el 10 de enero de 2025 y de la diputada Cilia Flores de Maduro, a quienes tienen encarcelados sin pruebas y con un juicio amañado, lo cual es clara evidencia de que era necesario hacerlo para poder negociar con los hermanos Rodríguez y con Diosdado y Padrino principalmente, después del inenarrable papelón que jugaron el 3E26 y los días posteriores con sus declaraciones desgraciadas, para poder seguir en sus cargos como que aquí no ha pasado nada, y ahora sí los verdugos y las verdugas piden clemencia, qué barbaridad. A mí eso no me lo enseñaron en la ARMADA DE VENEZUELA, ni al jurar defender hasta con la vida la patria, la nación, y a los compañeros y compañeras frente al enemigo, del tamaño de las circunstancias que tocaran en su momento, y no esconderse ni huir cobardemente dejando que masacraran a los pobres pendejos que confiaron en sus superiores.

Esto no ha dejado de hacer ruido mientras siguen planteando una serie de dudas al respecto de los acontecimientos y de lo que ha sido el resultado de lo actual, cuando, Cuba, Irán, y el mundo entero ha asistido a lo que es digno de mejor suerte con el ejemplo del honor, del temple, de la dignidad de pueblos que mueren con las botas puestas, al plantear una serie de cuestiones complejas desde diferentes perspectivas políticas, jurídicas y éticas, sobre un tema crucial para la responsabilidad ante la historia de las actuaciones individuales de los principales responsables ante la nación. Acaso el reconocimiento de la soberanía y las relaciones diplomáticas no debería interpretarse como una estrategia para legitimar un gobierno interino o alternativo al liderado por Maduro, en especial si Washington consideró que no representaba la voluntad de los EE.UU. y sus intereses en la región, es decir, en el patio trasero de su orto, disque por no cumplir con los principios democráticos MADE IN USA. El reconocimiento no cae en contradicciones, dado el conflicto y las acciones generadas, que no puede más que interpretarse como la violación flagrante de la soberanía venezolana y del derecho internacional, especialmente al no seguirse los procedimientos ni protocolos legales adecuados para una extradición.

Hubo o no detención, secuestro y extradición de Maduro, bajo cuáles argumentos legales, porque fue llevado sin un proceso de extradición ni el consentimiento del gobierno venezolano, lo que es considerado como una violación flagrante al derecho internacional, y a la protección de la soberanía de los Estados, incluso de la inmunidad de los jefes de Estado en ejercicio, lo que tiene  un impacto político directo ante la injerencia extranjera en los asuntos internos de la REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA, socavando la legitimidad de cualquier relación diplomática establecida posteriormente. Y respecto a la soberanía nacional no es acaso un doble estándar, reconocer la soberanía venezolana por EE.UU., totalmente contradictorio si va acompañado de acciones bélicas y del secuestro de Maduro y Cilia, por imposición de medidas coercitivas, desde las sanciones económicas y las intervenciones militares. Acaso no se usó y abusó para luego ejercer el control sobre el país, como lo están haciendo, sin que se respete la autodeterminación y la autonomía.

Dónde queda la legitimidad internacional, para que un reconocimiento de un gobierno y bajo cuál legitimidad debería basarse ese respeto, si los principios hablan de la no intervención y la autodeterminación de los pueblos como lo establece la Carta de las Naciones Unidas. Entonces, con qué argumentos se sostienen las relaciones y cooperación. Pues con los intereses estratégicos de EE.UU. frente al resto, y se justifica por el poder militar, por sus acciones y argumentos por la fuerza y controlar la región. No fue para combatir el narcotráfico ni para proteger los derechos humanos en Venezuela. Son argumentos falaces, porque no se trata de traernos la democracia que exportan los EE.UU. y que otros deben copiar, incluso si no son anglosajones y protestantes, porque ellos dicen que son Occidente, y dicen que controlan todo el hemisferio. Esto es lo que se debe evaluar críticamente, y determinar si son genuinos o si ocultan intereses geopolíticos; porque en definitiva en qué nos beneficia la cooperación bajo imposición bilateral, si las relaciones se deben establecer por parte de un gobierno interino, que no ha sido reconocido por parte de la comunidad internacional, o sí lo ha sido, es decir, porque lo diga EE.UU. por boca de Trump es ley universal. Es suficiente la justificación que ha sido el medio idóneo para apoyarnos en la transición hacia la democracia y la reconstrucción económica del país, que no nos dio Maduro y Delcy sí nos lo dará. Es válida tal interpretación desde la ética, la política, o no es importante para que quede constancia que un reconocimiento de la soberanía venezolana pasa por ir acompañada del respeto real y verdadero a la autonomía del país y de sus instituciones, y sobre todo al dictado del soberano.

Acciones como el secuestro de Maduro no socavan estos principios, no generan dudas sobre la sinceridad del reconocimiento de la administración del pederasta, asesino, genocida y ególatra Trump, acusaciones que constan en los tribunales federales de los EE.UU. Y desde el derecho internacional las acciones suicidas violentando la soberanía del Estado venezolano y de quien fungía como jefe de Estado, no es incompatible con el principio de no intervención y puede ser considerada ilegítima. Porque desde esta perspectiva venezolana los eventos deben ser analizados en su contexto, la lucha por la legitimidad política de Venezuela, donde diferentes actores nacionales e internacionales buscan influir en el futuro del país. Son muchas las contradicciones que deben ser interpretadas críticamente. La legitimidad de las relaciones diplomáticas y la cooperación dependerá de si se respetan los principios de soberanía, no intervención y autodeterminación. 


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