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Venezuela: Reflexiones sobre el día cuando tembló la tierra

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Después de cierto punto, las cifras exactas se desvanecen en el horizonte, difuminándose y perdiendo toda forma tras ser consumidas por una espesa niebla de luto y dolor nacional.

Nuestra profunda necesidad de actuar, de hacer algo, nos impulsa a superar las barreras del dolor colectivo y a hacer retroceder la pena que nos estremece el alma y que actualmente paraliza a todas las venezolanas y los venezolanos.

Estaba en casa cuando sentí el terremoto —de hecho, descansando apenas unas horas después de enviar mi última columna a MLT—, pero he tenido la suerte de no convertirme en una estadística más. Sin embargo, como la mayoría de las y los que estamos aquí, tengo amigas y amigos, familiares y compañeras y compañeros en la zona afectada de los que aún no se sabe si están vivos o… no.

La pérdida humana es irreemplazable y —al igual que otros desastres venezolanos, como la tragedia de Vargas de 1999 o el terremoto de 1967— pasará a la historia por su magnitud. Pero también será recordada por las historias individuales de heroísmo y valentía de los hombres y mujeres que, en unos milisegundos horrendos, pasaron de estar haciendo cola en una tienda o tomando algo con amigos a enfrentarse a escenarios apocalípticos de pura supervivencia humana. La madre que murió salvando a su recién nacido. El perro que acompañó a su dueño bajo los escombros durante tres días. Hay innumerables ejemplos más.

La clase trabajadora venezolana es resiliente, valiente y tiene un corazón enorme lleno de solidaridad. Hemos sobrevivido a una buena dosis de traumas: inundaciones, apagones, represión, golpes de Estado, explosiones, deslizamientos de tierra, salarios mensuales de 1 dólar, campañas de bombardeos estadounidenses y, ahora, un terremoto devastador. Nos hemos enfrentado a todo ello, en parte, tendiendo la mano a nuestras vecinas y vecinos, a quienes lo necesitan, y dejando de lado las diferencias para seguir adelante con la humanidad —en lugar de las divisiones raciales o de clase— como prioridad en nuestras mentes, siempre con........

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