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La Cancillería: Una Transición Pendiente dentro de la Transición Nacional

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27.03.2026

Venezuela se encuentra en un punto de inflexión que no admite más dilaciones ni improvisaciones. Mientras el país observa con cautela y esperanza el proceso de transición iniciado el pasado 3 de enero, surge una pregunta ineludible que debe ser respondida con honestidad técnica: ¿está nuestro servicio exterior a la altura del desafío histórico que enfrentamos?

La respuesta corta es que la Cancillería requiere, con urgencia, una transición propia dentro de la gran transición nacional.

Históricamente, la Casa Amarilla fue el bastión de la inteligencia estratégica del Estado. Sin embargo, años de politización extrema y desprofesionalización han mermado nuestra capacidad de interlocución con el mundo.

Como alguien que ha ejercido funciones diplomáticas en Estados Unidos y Francia, y que dirigió la Dirección General de Relaciones Consulares, puedo afirmar que la política exterior no puede seguir secuestrada por parcialidades. Debe ser, por definición, una política de Estado que trascienda la coyuntura.

Aprender de los errores: El fin del sectarismo e ideologización

Para avanzar, es imperativo realizar un ejercicio de contrición institucional y evitar repetir los errores que fracturaron nuestro servicio exterior. La diplomacia venezolana no puede volver a ser rehén de la ideologización ni de la improvisación. En el pasado, la lealtad partidista se antepuso al conocimiento técnico, y la discrecionalidad administrativa sustituyó a la norma legal.

El pupilaje, la no rotación, el pase de facturas etc ; son prácticas perversas de tantos años que en lugar de corregirse, se profundizaron.

Debemos recordar lecciones amargas: en el año 2004, bajo la gestión del canciller Jesús Arnaldo Pérez, se intentó llevar a cabo una reestructuración de la institución en un clima de armonía, diálogo y apertura. Lamentablemente, aquel esfuerzo honesto fue frustrado por las ambiciones personales de ciertos funcionarios « confundidos » que priorizaron sus intereses individuales sobre el fortalecimiento institucional.

Ese precedente nos enseña que la reforma no solo debe ser técnica, sino que debe estar blindada contra el sabotaje de quienes ven en la Cancillería una parcela de poder personal.

Debemos ser enfáticos: el diplomático es un funcionario del Estado y no de un gobierno o partido alguno. Su lealtad es con la Constitución y los intereses permanentes de la República, no con una parcialidad política ni con apetencias burocráticas.

El Espejo de Itamaraty: Profesionalización y Excelencia

No tenemos que inventar la rueda. Al mirar a nuestros vecinos, el ejemplo de Brasil y su legendario Itamaraty brilla con luz propia. ¿Cuál es su secreto? Una meritocracia inquebrantable, una formación académica de élite en el Instituto Rio Branco y, sobre todo, una continuidad institucional que sobrevive a cualquier cambio de gobierno.

Brasil no cambia su estrategia internacional cada vez que cambia de presidente porque su diplomacia es profesional, técnica y orgullosa de su autonomía. Venezuela debe aspirar a esa misma madurez para recuperar su voz y su capacidad de negociación. La excelencia no es un lujo, es una necesidad de supervivencia soberana.

Los Desplazados: Un Capital Olvidado

La reconciliación nacional, motor de este nuevo periodo, debe empezar por casa. Es imperativo —y de elemental justicia— convocar nuevamente a los profesionales de carrera que en distintos momentos fueron apartados. Reintegrar a estos diplomáticos multilingües, expertos en resolución de conflictos y poseedores de redes de contacto internacionales, no es solo un gesto de buena voluntad; es una necesidad operativa para recuperar la credibilidad perdida.

¿Cómo podemos hablar de reconciliación hacia afuera si no somos capaces de integrar el talento propio que el Estado venezolano formó con tanto esfuerzo? Su experiencia es el recurso estratégico más valioso para construir el futuro.

Una Ley para el Siglo XXI

La reconstrucción requiere cimientos legales que trasciendan las voluntades individuales. Necesitamos una reforma profunda de la Ley del Servicio Exterior que institucionalice la profesionalización: concursos públicos de oposición obligatorios, límites estrictos a la "cuota política" —que hoy asfixia el escalafón— y una autonomía real para el Instituto Pedro Gual. El ingreso debe ser un honor conquistado por el mérito, no un premio otorgado por la militancia.

La Urgencia Consular: El Ciudadano como Prioridad

Finalmente, la diplomacia debe volver a su esencia: servir al ciudadano. Millones de venezolanos en el exterior han pagado el precio de la politización de los consulados. Un servicio exterior moderno debe digitalizarse para facilitar trámites y garantizar el derecho inalienable a la identidad de todos los compatriotas, sin distinción de ninguna clase. El consulado debe volver a ser la casa de cada venezolano en el mundo.

A diario me hago la siguiente reflexión : Si en los años 70 los venezolanos fuimos capaces de reconciliarnos tras periodos de profunda violencia política, ¿qué nos impide hoy construir una Cancillería que sea motivo de orgullo nacional? La transición solo será sólida y duradera si cuenta con una voz profesional, coherente y respetada, libre de ataduras ideológicas y de ambiciones grupales.

La oportunidad de cambio está servida. Es hora de que la diplomacia deje de ser un eco del conflicto interno para convertirse en el puente hacia nuestra prosperidad futura .La Casa Amarilla debe volver a ser, de una vez por todas, de la Nación y de todos los venezolanos.

Solo unidos podemos lograrlo.


© Aporrea