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La realidad del progreso

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05.03.2026

Parece que aquello de que la humanidad camina en la línea de amejoramiento de manera imparable —aunque acusando de cuando en cuando detenciones para repostar y cobrar energía— no está tan claro como en la actualidad sus defensores tratan de vender a las gentes. Si la calidad de vida material, como argumento de la marcha del progreso, ha mejorado en algunos países —lo que no sucede en otros—, quienes dicen que se ha progresado lo han hecho solamente en términos de procurar a sus residentes un acceso más amplio a los productos del mercado, sin promover mejoras reales en la condición humana. En esos países que alardean de libertades teatrales, de democracia de cartón y de derechos formales, donde el totalitarismo político avanza a paso lento, pero avanza imparable, las normas jurídicas, invocando el interés general, regulan la vida pública, privada e íntima de las personas, conforme a las conveniencias políticas de los gobernantes, sin que apenas dejen espacio para el desarrollo de la personalidad. De manera, que el progreso basado en tales principios, debidamente manipulados, no supone mejora real a nivel humano, sino más de lo mismo. Mientras tanto, la sociedad se adormece. Por otro lado, la doctrina capitalista es el credo por excelencia, que sirve de conductor de las libertades y los derechos en el cercado político, marcando la existencia de las gentes en términos de mercado. Es este último el que fija la trayectoria de lo que hoy eufemísticamente se entiende como progreso, desplazado al terreno de la ciencia y la tecnología, ya que ambas, atendiendo a sus intereses, no han perdido el ritmo de la carrera imparable hacia la superación del ingenio humano, traducida en nuevos inventos que permiten confirmar su marcha hacia adelante.

El progreso personal requiere libertad real, pero sucede que está sujeta a limitaciones, ya que solo se permite en lo que no cuestiona el poder establecido. Por contra, la ciencia y la tecnología en sí mismas son neutrales, conviven con la libertad en el territorio de la genialidad humana, aunque alimentadas por el dinero. No cabe decir lo mismo en el caso del hombre, ya que está atado a demasiados condicionantes político-sociales y sujeto a una libertad de papel, que le resta oportunidades de progresar, es decir, de mejorar su condición como persona, porque simplemente se busca integrarle en la manada. Resultando que en ella, lo que llaman progreso es un eslogan propagandístico dirigido básicamente por las exigencias de la política, la sociedad y el mercado. Sirviendo todos ellos un modelo de progreso de creencia. En todo caso, el hombre ha de atenerse a lo que unos pocos piensan por él, imponiéndoselo a través de la propaganda, mientras otros moldean sus preferencias con la publicidad. En definitiva la política y el mercado, defendiendo sus respectivos intereses, se esfuerzan en confeccionar marionetas, dejando aparcado al hombre, mientras la sociedad contempla el espectáculo. Esto ha sido posible con la colaboración de algunos medios de difusión, muchos de ellos en su condición de productos tecnológicos al servicio del capitalismo. Así resulta que las personas han pasado a ser seguidoras de esos medios donde se recogen las consignas de los intereses dominantes, más o menos camuflados entre la libertad de papel.

Si la libertad ha pasado a ser una etiqueta que trata de falsear la realidad, donde resulta que todo viene hecho conforme al programa político que ha de cumplirse por la persona obligatoriamente —porque para que no se escape del redil operan las leyes—, está sujeta a la coacción del mercado y la sociedad coopera con ambos, el progreso real de la persona pasa a ser una leyenda debidamente controlada. Se pasa por alto que la libertad requiere acceso al conocimiento plural, con sus aciertos y desaciertos, sin una línea común a seguir y sin obstáculos, para que, desde las distintas ofertas, la inteligencia personal se ejercite hasta llegar a alcanzar la síntesis. La libertad impuesta, en un sistema basado en el poder de una minoría dominante, solo permite definir el progreso conforme a los intereses de esta última. Y estos no son otros que perpetuar su estatus y acrecentarlo conforme a su modelo de orden, en el que se arrogan la condición de conductores del progreso —que es su progreso— y dicen enfocarlo hacia lo mejor —al menos para ellos—. De esta manera, las gentes, vistas como un conjunto de individuos uniformados y despersonalizados, sujetos al adoctrinamiento, renuncian a la labor de la inteligencia en favor de las creencias, a cambio del falso bien-vivir de mercado, en el mejor de los casos.

Ese bien-vivir, categorizado en términos de bienestar virtual, porque nunca se alcanza realmente, ha pasado a ser el centro del discurso de los defensores del progreso, caracterizado, desde el plano político, por ocurrencias supuestamente innovadoras. Se invoca como soporte la tecnología, puesto que les sirve de modelo y representa las nuevas conquistas del genero humano, mientras que en segundo plano queda esa otra labor de procurar nuevos productos con destino al negocio del mercado. Hablando de la otra cara, buena parte de esa tecnología dirigida a procurar el bien-vivir perceptible por los consumidores tiene trampa, puesto que se trata de un bienestar artificial obtenido a un alto precio material y personal, ya que en su lado oculto pone en riesgo evidente la intimidad. Ya que empieza a estar claro que cada nuevo avance tecnológico, lejos de apuntar hacia el progreso real de las personas y el interés general, es utilizado con la doble finalidad de acaparar más ingresos para la empresocracia y como un abrasivo más para la intimidad personal, es decir, un instrumento destinado a avanzar hacia el control político total. La realidad de este progreso prefabricado a la medida de los intereses capitalistas es que la casta del poder avanza imparable en su proyecto de dominación, mientras que la persona ha sido sometida a un proceso de letargo, que dura más de lo que exigen las pausas del progreso real.


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