La moneda política
Sabido es que toda moneda tiene dos casas opuestas; una, reflejada el anverso y, la otra, en el reverso. Sin embargo, pese a mostrar posiciones opuestas, forman una unidad indisoluble. También se sabe que, sin perjuicio de lo que anuncia, su destino viene marcado por el poseedor. En la política actual sucede lo mismo que con la moneda; resumiendo, hay un anverso, que mira en una dirección, y un reverso, colocado en sentido contrario, pero la política es una, como la moneda, y su poseedor es el que marca su destino provisional.
Para cubrir el espectro de las distintas ideas circulantes entre las gentes y reconducirlas, en la política pueden encontrarse similitudes con una moneda, ya que en el anverso o la llamada cara estaría representada una ideología de rótulo y el reverso o cruz, la contraria. A efectos prácticos ambas ideologías están obligadas a actuar conforme decida su poseedor. No obstante, si se presta al espectáculo, es cuando la moneda adquiere vida propia, por ejemplo, en términos de juego de azar, en cuanto si se sitúa de un lado favorece a unos y perjudica a los que estaban del otro lado, pero siempre será algo provisional, porque a la siguiente tirada la situación acaso cambie. De manera que puede salir a la luz la parte facial de la moneda, a menudo representando lo conservador, o la otra, es decir, lo progresista. El hecho es que, en la realidad, quien impone la marcha de la moneda política, más allá del juego para entretener a los espectadores, está al margen de las imágenes ideológicas representadas en el símil de la moneda, puesto que permanece alejado del efecto azar y la utiliza a su propia conveniencia. Al dueño de la moneda habitual, como el de la moneda política, le es indiferente cualquier ideología, porque eso solo forma parte del espectáculo para entretener al espectador. De ahí que, las ideologías opuestas, en realidad convivan en el fondo, sirviendo para dar sensación de movimiento y pluralidad a base de espectáculo de titulares mediáticos, pero su sentido material se impone. En la sociedad del dinero, en la que el espectáculo es clave para hacerlo circular, las ideologías políticas cumplen con el papel asignado, como en la moneda, para alimentar al mercado político y, con ello, para hacer ganar dinero a unos o a otros; aunque en este plano no participe demasiado el juego el azar ni el intercambio, sino algo mucho más controlado por la voluntad humana, llamado voto.
Convendría tomar nota, lejos de elucubraciones, que el dueño último de toda moneda valiosa, es el señor del dinero. Para encarrilar ideas políticas dispersas, juega a voluntad con la polaridad de las ideologías conservadoras y las de corte woke. Deja que ambas se representen en el teatro político, cantando sus respectivas virtudes, para apaciguar al respetable. A su término, mirando hacia el fondo, ambas acaban haciendo lo que ordena el jefe, porque es el amo de la moneda, y no manda por casualidad, sino en base al poder socialmente reconocido del dinero.
