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Aviso sobre la democracia

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10.03.2026

En la sucesión histórica de productos políticos diseñados para que una minoría domine a voluntad a la mayoría, la democracia ha acabado por asentarse casi a nivel mundial como el más avanzado, adquiriendo prestigio y, sobre todo, legitimidad para justificar la voluntad de los elegidos por la mayoría. Ha sido considerada como el mejor de los gobiernos posibles, aunque debería aclararse ya de entrada que esto sucede porque se ha resaltado la parte teórica del término sobre la praxis. Igualmente, se suele pasar por alto, que sus favorecidos mandan invocando su condición de intérpretes de esa racionalidad superior que parece acompañarla. Sin perjuicio de tal apreciación, examinando el tema sin condicionantes, es posible adelantar que, con democracia y sin ella, la política solo ha venido cambiando de formas pero no de fondo. Los distintos modelos políticos para entregar el gobierno a las minorías, ya fuera como imperio, feudalismo, absolutismo o democracia vienen a coincidir, pese a las diferencias formales, en el hecho significativo de que se ha venido alienando el poder de todos, trasladándolo a unos pocos para que decidan por ellos, ya fueran aquellos impuestos o elegidos, y la democracia al uso no cambia la trayectoria.

Está claro que el nuevo producto burgués poco tiene que ver con el llamado gobierno del pueblo y sí con el de una minoría privilegiada por el propio sistema, en el que el elitismo tradicional sigue presente. El representante que se dice representar a los votantes, una vez en el poder, se olvida de ellos y ya no les representa en sentido estricto, solamente opera conforme a los intereses del aparato que le ha colocado en el sitial del poder y fundamentalmente mira por el suyo. Se viene hablando de democracia, en términos representativos, como forma de gobierno justo, incluso racional, sin obviar términos peyorativos como democracia de papel, de cartón o de cartón piedra, pero el hecho es que viene avalada por la voz de la mayoría, expresada a través del voto temporal, más o menos manipulado, lo que se aprovecha para dar prestigio al país que la adopta y legitimidad a los seleccionados. Sin embargo, el valor del voto se ha sacado del contexto representativo pasando a ser en último término algo así como la fórmula para otorgar un cheque en blanco en favor de los elegidos. De manera que la representación solamente es una etiqueta que generalmente no suele coincidir con la realidad. Quiere esto decir que mediante este proceso pasan a ser gobernantes de todos sin posibilidad de contestación y la representación solo existe en tanto pueda atraer el voto. La legitimidad para gobernar que confiere el proceso electivo, minusvalorando el sentido de la representación, dispone de otros complementos que facilitan a los elegidos reforzar esa condición de usuarios del poder, es la que permite convertirse en intérpretes exclusivos del interés general; con lo que, usando tal escudo, disponen de plenos poderes para hacer política según su visión particular, lo que supone entregar a la ciudadanía a sus determinaciones. Asimismo, disponen del monopolio de la legalidad, asociada al uso de la coacción, lo que implica el dominio absoluto de la particularidad sobre la generalidad. Queda en pie el debate y el diálogo, pero en definitiva lo que se impone es el discurso oficial. En conclusión, desde la praxis del modelo burgués de la democracia en vigor se viene a poner de manifiesto, de un lado, el hecho de que la mayoría queda desplazada de la gobernanza, así como la vigencia del sistema elitista, aunque se trate de personajes de carácter temporal, limitado por el propio sistema.

Volviendo al panorama histórico, si el gobierno de todos resultaba desplazado por la minoría de turno, pese a los abalorios electorales, ya sonaba el primer aviso; el siguiente vino con la llamada partitocracia gobernante; pero el definitivo hay que observarlo en el autoritarismo del líder de esta asociación de intereses políticos, como la tendencia que aparece en el escenario actual, tal y como se refleja en los distintos medios de difusión. Yendo a la vanguardia del sistema democrático, se observa que, en algunos casos, el autoritarismo del líder del partido, respaldado por su corte de personajes unidos por intereses comunes, aunque se hable de que gobiernan en democracia para suavizar la situación, no se aleja demasiado del modelo absolutista, donde solamente se imponía la voluntad personal del que gobernaba. Ahora, arropado por el partido, el nuevo monarca democrático hace su santa voluntad en interés —se dice— de todos, sin perder de vista el último reducto en el que se refugia el pueblo, el voto. En este proceso de decadencia hay que tomar en consideración el papel de los instrumentos tradicionales para ejercer el poder, tales como la ley y la coacción, que en otras épocas no alcanzaban plena efectividad por falta de medios materiales, pero actualmente ha venido en su ayuda la tecnología, proveedora de todo ese arsenal de inventos para el control de la ciudadanía, con el propósito de no dar un paso sin que se tome nota de sus movimientos e incluso de los pensamiento más íntimos de sus miembros. Con todo ello, puesto al servicio del mandante de turno, el absolutismo avanza sin remedio hacia el totalitarismo. Primero, porque el gobernante, apoyándose en la ley que elabora a conveniencia, aspira a regularlo todo siguiendo sus intereses y, segundo. los medios tecnológicos la dan plena efectividad. Podría entenderse que quizás sea este el comienzo del nuevo orden político que se trata de implantar a marchas forzadas por los señores del dinero, es decir, el control total utilizando el personalismo democrático, fiel seguidor de sus consignas, que desplaza definitivamente el auténtico significado de la democracia como el gobierno de todos.


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