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Nueva elección vs sostener el resultado de 2024

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09.03.2026

La discusión entre hacer valer una elección ya realizada o aceptar que se convoque otra se parece a esas decisiones que uno toma en mitad de una calle ruidosa, cuando el semáforo no cambia y la gente empieza a impacientarse: sabes que tienes derecho a cruzar, pero también sabes que el tráfico no siempre respeta el derecho. Y allí estás, con el pie adelantado, midiendo si avanzas porque te corresponde o si retrocedes para evitar que te arrollen.

Defender la elección ya hecha es como aferrarse a un recibo que demuestra que pagaste y aun así te quieren cobrar de nuevo. No es solo un papel: es la prueba de que cumpliste con tu parte. Pero vas a seguir con el servicio cortado mientras se dilucida la cuestión.

Es cierto, la gente votó, dejó su huella, hizo fila, soportó calor, miedo, cansancio. Pretender que todo eso se borre es pedirle a un país que finja amnesia. Por eso insistir tiene un peso moral: es decir “esto ya se decidió, y lo decidido no se toca”. Pero sostener esa postura es remar contra una corriente que no sólo es fuerte, sino caprichosa. Es resistir sin dejar que el cansancio se vuelva resignación.

Aceptar nuevas elecciones, por otra parte, es como encontrarse un portón trancado y oír a alguien decir: “vamos a dar la vuelta por el callejón, a ver si por ahí se puede entrar”. Es una salida práctica, una forma de destrabar un conflicto que se volvió piedra. Suena razonable: otro proceso, más vigilancia, más garantías. Pero también tiene su amargura. Es admitir que lo hecho no bastó, que el esfuerzo quedó suspendido, que el voto se volvió un borrador. Y en un país donde la confianza está rota, eso cae como un golpe seco. Además, muchos sienten que repetir elecciones es volver a jugar dominó con el vecino que siempre se guarda una ficha en la manga: el tablero cambia, pero el truco es el mismo.

Pero a un dilema, de suyo complejo, hay que agregar otro factor: ¿con sólo tener un nuevo presidente se soluciona el problema, o es indispensable reelegir también a todos los cargos de elección popular? ¿Qué clase de presidente sería ese nuevo mandatario si todo el poder político estuviera en su contra desde el primer día? Es como pedirle a un capitán que enderece un barco mientras la tripulación entera rema en dirección contraria. La pregunta no es menor: un cambio en la cabeza sin un cambio en el cuerpo puede terminar siendo apenas un gesto simbólico, una ilusión de renovación que se estrella contra la realidad del poder.

En el fondo, el dilema no es sólo político. Es emocional, simbólico, casi íntimo. Hacer valer lo votado es defender la memoria; repetir la elección es apostar por un nuevo comienzo. Ninguna ruta es limpia. Ninguna es gratis. La elección depende de la fuerza para sostener la primera opción o para negociar la segunda sin entregar la razón en la puerta.

El país, entretanto, está como quien llega a un cruce después de una tormenta: un camino recto pero pedregoso, otro más suave pero incierto. La pregunta que queda flotando es cuál permite avanzar sin perderse a sí mismo.

El dilema se vuelve más hondo cuando se entiende como una tensión entre dos pulsos que jalan en direcciones distintas: uno dice “lo que hicimos debe valer”, el otro murmura “si este camino está trancado, habrá que buscar otro aunque duela”. No es un dilema técnico; es de identidad, de dignidad, de cansancio y de futuro, lo cual no lo hace menos carente de necesidad de lógica.

Hacer valer la elección es como sostener una foto que prueba que estuviste en un lugar, aunque ahora te digan que nunca llegaste. Es defender la memoria inmediata, la que todavía huele a tinta fresca. Pero esa defensa se vuelve una carrera de resistencia: cada día sin reconocimiento es como ver cómo la tinta se desvanece. Y la gente, que al principio estaba firme, empieza a preguntarse si vale la pena seguir sosteniendo el cuadro cuando el marco institucional está torcido.

Aceptar nuevas elecciones es admitir que la puerta principal está atrancada y decidir entrar por la ventana. No es lo ideal, pero puede ser lo único que permita avanzar. Es una salida pragmática con un sabor amargo: la sensación de que lo hecho no bastó, de que el esfuerzo quedó en un limbo. Y eso duele, porque nadie quiere sentir que su voto fue un borrador arrugado.

Lo difícil del dilema es que enfrenta dos tiempos distintos: el del pasado inmediato, que exige respeto —“ya votamos, ya decidimos”—, y el del futuro incierto, que exige movimiento —“si no avanzamos, nos quedamos atrapados”—. El país queda suspendido entre esos dos relojes. Aferrarse demasiado al pasado puede inmovilizar; lanzarse demasiado rápido al futuro puede hacer que pierda su propia voz.

Y hay un factor silencioso que lo atraviesa todo: el desgaste. Un país no puede vivir eternamente en modo reclamo. La energía cívica se agota: la indignación se vuelve cansancio, el cansancio resignación, y la resignación silencio. Y ese silencio es el terreno donde el poder se siente más cómodo. Pero repetir elecciones sin garantías también desgasta: es jugar un partido donde el árbitro ya mostró que pita según quién le hable al oído. La repetición puede convertirse en un ritual vacío.

En el fondo, este dilema revela algo: el país está dividido entre lo que quiere ser y lo que puede ser. Quiere que el voto valga, pero quiere avanzar. Y esas dos aspiraciones chocan. No se trata de preguntar qué es “lo correcto”, sino qué camino preserva mejor la dignidad colectiva sin cerrar la posibilidad de avanzar. Y esa respuesta cambia según la fuerza social, el ánimo de la gente, la presión internacional y la capacidad de sostener una narrativa sin que se desmorone por dentro.

Soledadmorillobelloso@gmail.com


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