Antes y después del primero de agosto
No sería la primera vez que Estados Unidos acierta en un “plan de intervención”; tampoco sería la primera vez que fracasa. Su historia está hecha de operaciones que reorganizan países con precisión quirúrgica y de otras que empiezan con épica y terminan en ruinas. Esa ambivalencia sostiene la “cuestión Venezuela” y explica el hartazgo de Washington con la presidente encargada, convertida en símbolo de una etapa que ya no sirve para la siguiente.
Antes del primero de agosto, Venezuela era un cuarto en penumbra: provisionalidad, ficción útil, contención del caos. Washington administraba la emergencia -como en Panamá en 1989- manteniendo apenas lo indispensable mientras preparaba el movimiento decisivo. En ese limbo, la presidente encargada, con su estreno cotidiano de atuendos comprados en Amazon, era un puente improvisado: expediente, más bien, que no poder. Una figura tolerada mientras la transición carecía de forma, como los gobiernos interinos que Estados Unidos sostuvo en Haití en 1994 para ganar tiempo. El chavismo sobrevivía sin su jefe pero con su aparato; la oposición sin brújula; la economía respiraba como un paciente recién extubado; la política estaba en modo avión.
El primero de agosto cambia la luz. La transición deja de ser relato y se vuelve procedimiento. La negociación se formaliza, la agenda política se activa, la cuestión electoral regresa al centro. Washington deja de administrar el caos y empieza a administrar el camino. Ahí surge el hartazgo estratégico: la presidente encargada deja de ser útil. La transición exige operadores, no reliquias; eficacia, no liturgia. Lo mismo ocurrió en Irak en 2004, cuando Estados Unidos sustituyó figuras simbólicas por actores funcionales para la reconstrucción.
La tradición estadounidense acumula aciertos: Granada en 1983, Kosovo en 1999, Bosnia en 1995. Intervenciones que estabilizaron........
