Los rostros de la fe. El alma que regresó de las sombras
El evangelista Marcos nos narra una historia desgarradora y al mismo tiempo impactante y poderosa en la cual podemos apreciar otro rostro de la fe, otra mirada del Creador. En una ciudad apartada donde la geografía era piedra y la esperanza cenizas habitaba un alma en medio de las sombras de los sepulcros. “Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. Y cuando salió él de la barca, enseguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas. Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar. Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedra.” Marcos 5: 1-5. Era el rostro de la atadura absoluta, la prueba viviente de que el mal puede devorar cada ápice de humanidad. Y ante la tormenta de esta alma asaltada por el mal, llega en una barca con la fuerza de un relámpago, la luz del mundo. Comienza su camino y, de repente, a su encuentro va un hombre herido por todo su cuerpo, reflejo de la herida de su alma, por el trauma que le atormentaba de noche y día. Sus ojos, espejos rotos de la cordura, miran suplicantes al Maestro; a pesar del laberinto sin salida de su mente; a pesar de ser presa del mal, en su vulnerabilidad, se arrodilla ante Él.
Porque aún las fuerzas del mal reconocen a Jesús. La soberanía de Dios hace temblar a las huestes del mal. “Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él. Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu........
