Soltera en la ciudad de la Furia ¿Y la sororidad para cuándo?
“No creo que Ralph sea de esos. Él es incapaz de hacerle eso a una mujer, ¿estás segura? Esa fue su respuesta que recibí cuando le dije que el profesor de danza me acosaba, y lo más increíble de todo es que me lo dijo una jeva que se la da de muy feminista, sororaria y radical.” Las lágrimas salieron de su rostro y simplemente le dije: “Lo siento mucho”. Anécdotas como estas me han acompañado a lo largo y ancho de mi andar feminista, en experiencias de otras, pero también en vivencias personales. Recuerdo cómo, desde mi propia experiencia, muchas veces he quedado como la “mala”, ya que es más fácil creerle a un hombre: porque es amigo, porque es profesor universitario, porque es colega, porque es intelectual, porque es pareja o porque es el padre de tus hijos, que estar del lado de una mujer.
“¿Qué le hiciste?” “¿Qué tienes tú contra él?” Son preguntas muy comunes que se dejan en evidencia cuando se trata de decidir a quién creerle, porque el patriarcado siempre gobierna y se le cree. Ocurre en casos de abuso sexual, cuando madres encubren a sus parejas o familiares porque “ellos son incapaces de tocar a las infancias”; ocurre en el ámbito laboral, cuando expresas que algún colega te acosa o hizo un comentario fuera de lugar; ocurre en el día a día, en nuestros vínculos más cercanos y personales, cuando el novio te dice que es “la zorra esa que lo busca y no él”. A las mujeres nunca nos creen del todo, porque es más fácil cuestionar nuestra autoridad, nuestro raciocinio y nuestra versión de los hechos que poner en duda la verdad de los hombres.
Existe una defensa a capa y espada del agresor; este hecho ocurre incluso dentro de la militancia feminista, porque siempre parece más fácil enemistarte con una compañera, execrarla de los espacios, voltearle los ojos y hablar mal de ella —al mejor estilo de novela— que cuestionar la verdad, esa que se presenta como sacro santa e intocable y que, además, es dicha por un hombre. No es mi pretensión lanzar un texto de moralidad feminista apuntando al feministómetro —vara con la que se mide a las feministas—, sino abrir una puerta al cuestionamiento. A las mujeres siempre nos han puesto a competir entre nosotras. La estrategia de divide y vencerás le funciona muy bien al patriarcado: fragmenta, genera sospecha, erosiona los vínculos entre mujeres y, al final, termina avalando discursos masculinos donde se justifica, se perdona y se desdibuja la violencia.
A las puertas de un cercano 8 de marzo, pienso en el feminismo y en cómo se vive. Al final, es una lucha que das principalmente contigo misma, donde constantemente cuestionas lo que te enseñaron. Una vez, una estudiante me dijo: “Cuando eres feminista ya no te comes una empanada de la misma manera”. Y tiene razón. Por mi parte, procuro que cada vez que un hombre me cuenta “su verdad”, cuestionar ese relato y pensar: ¿A quién afecta esto? Porque en las “verdades” masculinas casi siempre las mujeres somos las histéricas, las envidiosas, las locas, las sonsacadoras.
En ese instante de cuestionamiento comienza la mirada feminista, porque más allá de la duda, ocurre un ejercicio más incómodo: ¿Qué pasa cuando la sororidad implica creerle a una mujer que está cuestionando a tu amigo? ¿Qué pasa cuando creerle te descoloca afectivamente, cuando pone en riesgo vínculos, lealtades y complicidades construidas durante años? ¿Hasta dónde llega nuestra sororidad cuando hay capital simbólico masculino en juego? Cuando el señalado es el intelectual brillante, el profesor admirado, el militante intachable, el aliado que cita autoras y marcha el 8 de marzo.
Porque no se trata solo de patriarcado como una estructura abstracta; se trata de afectos que están imbricados. Creerle a él es proteger tu mundo, preservar la imagen que tienes de tus espacios y de las personas que los habitan. Creerle a ella implica aceptar que tu entorno no es tan seguro como pensabas. Defenderlo es, en muchos casos, defender tu propia narrativa. Y eso duele. La sororidad no es simpatía automática. No es afinidad. No es que todas nos caigamos bien. Es una decisión política y, como toda decisión política, tiene costos. Creerle a una mujer puede significar quedarte sin grupo. Puede generar tensiones en espacios académicos o militantes. Puede implicar que te llamen exagerada, conflictiva, radical. Puede descolocar el equilibrio de un espacio que parecía armónico mientras nadie cuestionara al hombre correcto. A veces no dudamos de las mujeres, sino de nuestra capacidad de sostener el conflicto que implica creerle.
También yo he puesto en duda lo que otras mujeres me han contado en referencia a los hombres. También he hablado desde la envidia, desde la competencia, desde la unidad silenciosa con el pacto masculino. No obstante, también he sido la juzgada, la criticada, la mujer a la que no se le cree y la que ha sido expuesta con la “A” escarlata pegada al pecho. Sin embargo, en mi experiencia, hay que dudar del relato masculino; quizá es un tipo de protección que aprendí desde muy pequeña. He sido acosada, violentada, atacada y juzgada por hombres que llamé amigos, pareja o familia. Y en todos los casos, siempre hubo mujeres que me sostuvieron, me levantaron a pesar del dolor y, lo más importante, me creyeron. Estoy acostumbrada a alzar mi voz. Escribo y cada día lo hago con más desparpajo y sin rodeos. Por eso, en este mes de marzo, el llamado es: cuestionemos lo que a simple vista parece un castillo de rosas.
