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¿Política del folletón?

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16.03.2026

En entrevista con Jorge Olavarría para el Programa «Historia Viva» (Venevisión, 1995), el dramaturgo José Ignacio Cabrujas afirmaba que “Venezuela tiene la inmensa catástrofe de contar su historia de una manera moral. Es decir: este es bueno, este es malo”. Prueba de esa propensión es que hicimos de Bolívar un ser “todopoderoso, la bondad infinita, un hombre que no cometió un solo error, impoluto”; pero no se dice “que jamás concedió un indulto”. Si bien señalaba que, dada su compleja circunstancia, “pasarle esa factura resulta muy difícil”, habría que admitir que el héroe “no tuvo capacidad de perdón”.

El hilo de aquella conversación conecta con debates que seguimos dando en pleno siglo XXI. Las nociones absolutas malogran la posibilidad de comprender a fondo las dinámicas sociales y sus actores, de diseccionar matices y atascos; de discernir situaciones, motivaciones, causas y efectos, aquello que condiciona la acción del sujeto histórico. Esa condena o absolución que omite el contexto, la del sesgo presentista, nos priva además de la necesaria visión diacrónica, roba profundidad y textura a la figura histórica, la des-humaniza, la vuelve una caricatura. (En ese sentido, conviene diferenciar la Historia -en tanto disciplina que procura el conocimiento objetivo y general del pasado- de la Memoria, una estimación inherentemente subjetiva, parcial, siempre mudable.)

Pero volvamos al episodio en cuestión. Cabrujas va un poco más allá en su intento de deconstrucción del mito, al señalar que otros personajes han sido presentados como “el diablo” cuando, con más ponderación y menos arrebato («sine ira et studio«, como recomendaba el historiador romano Tácito en sus Anales) debía analizarse su impacto como parte constitutiva de nuestra historia. De cara a ese ejercicio sereno e imparcial de valoración del pasado, no podemos explicarnos “ni le podemos explicar el país a nuestros hijos sin un Juan Vicente Gómez”, por ejemplo. “Es........

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