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La tragedia secreta del Gran Mariscal de Ayacucho

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22.05.2026

El aire frío de Quito descendía desde las montañas como una respiración antigua. Las campanas de El Sagrario dejaban caer sobre las calles empedradas un eco húmedo y solemne, mientras las velas encendidas temblaban detrás de los vitrales y el incienso se mezclaba con el olor de la lluvia reciente.

Era junio de 1829 y en una ciudad todavía estremecida por las guerras de independencia acababa de nacer una niña destinada a cargar, aun sin saberlo, el peso de un apellido heroico y maldito. Se llamaba María Teresa de Sucre y Carcelén.

Su padre era Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho, vencedor de imperios y constructor de repúblicas. Su madre, Mariana Carcelén, VII Marquesa de Solanda y Villarrocha, pertenecía a una de las familias más aristocráticas de Quito.

La niña apenas viviría dos años y algunos meses.

Y, sin embargo, alrededor de aquella breve existencia se tejió una tragedia tan oscura que aún hoy continúa oscilando entre la historia y la leyenda.

Como ha señalado el historiador e investigador venezolano Efraín Jorge Acevedo, “hay personas que parecen perseguidas por un destino del que jamás consiguen escapar, y esa condena termina alcanzando también a quienes aman”. Pocas vidas americanas parecen confirmar con tanta crudeza esa idea como la de Antonio José de Sucre.

Matrimonio bajo las balas

Para comprender el destino de María Teresa hay que volver primero al cuerpo herido de su padre.

En abril de 1828, Sucre era presidente de Bolivia. Apenas tenía treinta y tres años y ya había alcanzado una gloria militar que pocos hombres en América podrían igualar jamás. Pero la política, más cruel que los campos de batalla, comenzaba a devorarlo.

El 18 de abril de ese año, durante la sublevación del Batallón Voltígeros en Chuquisaca, un grupo de soldados rebeldes abrió fuego contra el mariscal. Sucre recibió disparos que lo dejaron gravemente herido e incapacitado temporalmente para gobernar. Postrado en una cama, mientras Bolivia ardía entre conspiraciones, motines y la invasión del ejército peruano, el vencedor de Ayacucho tomó una decisión íntima en medio del caos: casarse.

Desde aquella convalecencia envió poderes legales al coronel Vicente Aguirre para que lo representara en Quito durante la ceremonia matrimonial con Mariana Carcelén.

Así, el 20 de abril de 1828, mientras los combates estremecían Bolivia y el gobierno del joven país se desmoronaba, se celebró en Quito una boda sin novio.

La novia tenía casi veintitrés años. El ausente esposo, treinta y tres.

Efraín Jorge Acevedo documenta que Mariana se convirtió entonces en la primera dama inaugural de Bolivia, aunque jamás llegaría a pisar el territorio cuya presidencia ocupaba su marido. La guerra le negó incluso ese destino simbólico.

Dos meses después, Sucre capituló ante las fuerzas rebeldes y los invasores peruanos. Poco más tarde renunció formalmente a la Presidencia de Bolivia. El breve período en que Mariana Carcelén fue primera dama terminó antes de haber comenzado realmente.

No sería sino hasta el 30 de septiembre de 1828 cuando los recién casados lograrían encontrarse por fin........

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