La condena del estado Apure: de la carretera al río, el viaje inverso del progreso
En el invierno pasado, el estado Apure fue testigo de un drama que parece repetirse como un castigo cíclico, las lluvias, cada vez más intensas, arrollaron carreteras, desgarraron puentes y dejaron pueblos enteros sumergidos literalmente en la incomunicación y sin electricidad por varios meses, pero aun más devastador que la fuerza de las aguas fue el naufragio moral de las instituciones, incapaces de prever, reparar o siquiera responder a la magnitud del desastre social de los habitantes.
Lo que alguna vez fue la arteria vital que conectaba el llano profundo con la región central del país, esa vía que une al estado Apure con los estados; Guárico, Aragua, Carabobo y finalmente con la capital Caracas, fue reducida a un camino interrumpido por corrientes de agua y tramos desaparecidos, en las cercanías de las poblaciones de Camaguán y La Negra, los apureños aprendieron nuevamente el lenguaje del atraso: cruzar en chalana, con la paciencia y la resignación de quienes han sido arrojados siglos atrás, a una Venezuela de aislamiento y demora, donde el río vuelve a dictar las condiciones del viaje.
No obstante la incomunicación no se limitó a esa ruta, por el occidente, los puentes que enlazan Apure con el estado Barinas colapsaron bajo el peso de las corrientes, interrumpiendo la salida natural de kilómetros de productores y familias que dependen de esa vía para abastecerse, otros pasos, aunque no cedieron por completo, quedaron gravemente afectados y hasta hoy, después de meses de verano, no han sido ni siquiera inspeccionados, igual suerte corrieron los puentes que comunican Apure con el estado Táchira, donde las aguas impusieron su fuerza sobre el abandono la ruina de los puentes sin ningún mantenimiento, hacia el sur, las conexiones con el estado Amazonas padecen una situación alarmante, estructuras debilitadas, socavadas por las crecientes, que amenazan con desaparecer ante el menor signo de lluvia, todo el periodo seco se ha extinguido sin trabajos de reconstrucción, sin maquinaria ni compromiso, es terriblemente la ineficiencia convertida en condena, y ese costo recaerá, nuevamente, sobre los habitantes que soportaron y sufrieron la espera y el aislamiento.
La metáfora es inevitable, en los tiempos de la mal llamada revolución, el país parece haber abandonado su propio camino, del asfalto al barro, del puente al raudal, del progreso a la barbarie, la chalana, reliquia de la Venezuela rural de comienzos del siglo XX, es hoy el símbolo de la derrota moderna, lo que se presenta como solución de emergencia se convierte en negocio privado, en monopolio del paso, en excusa para encarecer el pan, las medicinas, los alimentos, el combustible y también la esperanza, todo ello bajo la mirada complaciente de un Estado ausente, que apenas alcanzó a improvisar una variante a la troncal nacional, construida por debajo del nivel natural del terreno, condenada desde su origen a quedar bajo las aguas a las primeras lluvias, que se presenten, significando perdida de dinero, incompetencia y corrupción.
Rómulo Gallegos, que conoció y amó estas tierras, habría reconocido en este paisaje un signo trágico de la Venezuela dual: la de la civilización que no termina de imponerse y la de la barbarie que siempre acecha. Hoy esa barbarie no es la del hato ni la del caudillo, sino la de la ineficiencia, la corrupción y el abandono, es la barbarie que se esconde tras los discursos vacíos, la que transforma la naturaleza en verdugo y la pobreza en destino.
Apure, como todo el sur venezolano, vive condenado por la desidia, cada invierno es un aviso, cada puente caído una señal del colapso estructural del país, y sin embargo, no llega la previsión, no hay maquinaria, ni obras, ni voluntad, los campesinos que el año pasado perdieron sus animales y cultivos no han recibido asistencia, las comunidades que quedaron aisladas siguen esperando promesas que naufragan en la burocracia.
Ahora bien, el próximo invierno ya asoma, y con él, el temor de repetir la tragedia, que parece una sentencia ineludible, los campesinos volverán a perder sus cultivos y sus animales, mientras tanto los apureños, esas almas del llano, continuaremos resistiendo, cruzando en chalana como quien cruza el tiempo, pero el país deberá reflexionar con crudeza, no se puede seguir navegando hacia el pasado, de la carretera al río, hemos emprendido un viaje inverso al progreso, un descenso hacia la desmemoria, es hora de recuperar el rumbo antes de que las aguas y la ineficiencia de quienes gobiernan terminen por borrar el mapa entero de nuestra civilización.
Los apureños tenemos mucho que reflexionar y aportar en este contexto.
