Consummatum est
odo está hecho, todo está decidido. La voluntad del Padre se ha cumplido.
Somos nada dentro de un todo que nos arropa y sobrepasa, poco o nulo control tenemos. La humildad y la entrega son las que nos hacen verdaderamente fuertes.
El mal es la fuerza del egoísmo, es el yo en su máxima expresión, un yo que va más allá del individuo y se potencia en el grupo. Como nos advierte Simone Weil, la carne impulsa a decir yo, y el diablo impulsa a decir nosotros, fabricando siempre una falsa imitación de lo divino. La nada, en cambio, es la entrega a lo que nos supera, a lo que no entendemos y que nunca podremos entender, por más empeñados que estemos en conseguir una verdad que termina siendo piedra sobre piedra para construir nada.
La verdad termina siendo relativa por más que la realidad se imponga. Son los intereses quienes la construyen a su medida, arropados en mantos de moralidad que ocultan las deformidades de las miserias que nos acompañan hasta la entrega. Es allí, en la entrega, donde está la verdad real, una realidad de la que nadie podrá escapar y donde se resume el todo y la nada.
Vivimos actuando sobre escenarios diseñados para satisfacer egos, vanidades que deslumbran con rayos de maldad, caminos de heridas y cicatrices que no sanan, almas sin alma, cuerpos petrificados que siguen órdenes vacías.
La inmensidad del cielo, del mar, las estrellas y de la naturaleza en general nos cubre haciéndonos insignificantes, porque insignificantes somos. Adentrarnos en qué somos, en quiénes somos, buscar nuestra identidad sin condiciones, de forma libre, abierta, honesta y sobre todo vacía, permitirá descubrir los verdaderos tesoros que esconden los misterios que nos rodean.
En un universo infinito, sería absurdo pensar que somos todo. Reducir la humanidad como eje central del universo que nos rodea es la muestra más clara de nuestra escasa evolución. Aceptar la muerte como simple energía que se extingue es negar el universo, es negar la grandeza de la naturaleza, es negar los cielos, el mar, la lluvia, el bosque, las estrellas. Es negar la inmensidad de un todo que nos arropa y que nos convierte, precisamente, en nada.
Partir de la nada es el despojo absoluto. Es la entrega. Es el hágase tu voluntad cristiano. Es el amén poderoso del que nada ni nadie puede escapar.
Dios hecho hombre, representado en la religión cristiana a través de Jesús, dudó de su Padre hasta el último momento en la cruz. En ese momento era hombre. Pero siendo hombre entendió, en el sufrimiento, que era nada. Se vació de tal manera que pudo recibir el todo que lo llenó, siendo su último suspiro la aceptación de una voluntad superior: la voluntad de su Padre, la voluntad de Dios, la voluntad del todo y la nada.
Jesús en la cruz es la representación de una parte esencial de lo que somos. Somos bien y mal, somos dudas, miedo, misterio, contradicción y tragedia, pero también amor. Lo vivido en la cruz es un tesoro para la humanidad: es la agonía hecha amor, es el yo entregado a lo más grande. Es el rostro sufriente y las heridas abiertas consecuencia de la maldad egoísta, son las espinas enterradas en el rostro de la entrega, en el rostro de la salvación, en el rostro del todo y la nada. Es el castigo que nos infligimos a nosotros mismos, una ambigüedad que nos reduce a lo miserable y desdichados que somos.
Librarnos de nuestra propia maldad es quizás uno de los retos más complejos y difíciles que enfrentamos. Pero es allí donde nace la esperanza. El sentido de la esperanza es la espera paciente que no descansa y que siempre termina venciendo. El alimento de la esperanza es el amor, y este solo es posible desde el vacío.
Seguiremos viviendo en la acción y reacción, convencidos de que es la realidad, una ficción creada por nosotros mismos para satisfacer nuestros pobres intereses, intereses que asesinan el verdadero progreso de nuestra humanidad, no en lo material ni en lo tecnológico, sino en lo humano, lo verdaderamente humano, lo que trasciende más allá de nuestra existencia y hace posible continuar. El verdadero misterio de la vida. En lo misterioso, y no en lo real, está la verdad.
La vida comienza en el misterio de la muerte. La vida se consigue en la muerte. Podemos morir estando vivos y aun así vivir, así como podemos morir estando muertos, lo que sería la verdadera desdicha: elegir la desdicha.
Frente a ella, Simone Weil nos abre una puerta que duele y libera al mismo tiempo. Nos dice que si, perseverando en el amor, el alma cae hasta el punto en que ya no puede retener el grito de Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, y sin embargo permanece en ese abismo sin dejar de amar, entonces se acaba por tocar algo que no es ya la desdicha ni la alegría, sino la esencia misma del amor de Dios. El grito de Jesús en la cruz no es la derrota del amor, es su forma más pura, la del amor que permanece cuando todo lo demás se ha consumido.
Ese es el vacío verdadero. No la ausencia, sino la espera que no claudica.
Y es allí, exactamente allí, donde Weil nos entrega su última certeza, ganada no en los libros sino en el cuerpo y en la noche del alma: desapegar nuestro deseo de todos los bienes y esperar. La experiencia prueba que esta espera es colmada. Se toca entonces el bien absoluto.
Consummatum est. Todo está hecho. La entrega es el principio, no el fin.
