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Libertad de expresión: ¿excarcelada, libre o bajo vigilancia?

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En un tiempo donde las redes sociales y los medios digitales amplifican cada voz, la desinformación -igualmente- se ve realzada. Tanto que, las mismas circunstancias que suscriben los hechos alrededor de los cuales la desinformación se luce en virtud de la vehemencia rabiosa que caracteriza su efervescencia, impulsan una pregunta incómoda: realmente hay plena libertad de expresión y de información. Algunos pudieran decir que sí. Sin embargo, otros dirían que no. Mientras, a lo lejos, se escuchan voces que manifiestan que “a medias”.

Pero la situación que ha provocado la susodicha vicisitud, se presta a ser observada -en detalle- lo que su realidad contiene y mantiene. Al cepillarla y limpiarla, se descubren grietas que, interpretadas en lenguaje político, dejan ver censuras algorítmicas, problemas de polarización, sesgos, miedos, leyes ambigüas, conflictos incompatibles y censura aplicada o auto infringida. Ello, no sólo por temor a represalias. También, a calumnias de toda índole, tamaño y forma. 

Incertidumbres que marcan una realidad

Aun así, podría decirse que hay dudas a este respecto. Por ello, y con estricta razón, las realidades reclaman verdades argumentadas sobre mas verdades debidamente abiertas a toda interpretación que pueda precisar sus interioridades y externalidades. De esa manera podrían construirse tesis conceptuales, metodológicas y operacionales que liberen la manida paradoja de la libertad cuando refiere la pregunta que configura el nudo de esta disertación: En términos de las realidades actuales cabría la pregunta: ¿son la expresión y la información, realmente libres? 

De no ser así, ahí -justamente- está el núcleo del problema que aviva la reflexión que compromete la presente disertación. Por eso, al titular en torno al problema que indaga si acaso la libertad de expresión, ¿fue excarcelada, está libre o bajo vigilancia? abre el panorama interpretativo para entender que, a lo que apunta esta interrogante, es precisamente, lo que realmente funge como fondo del análisis de contexto pretendido a lo largo de estas líneas de prensa. 

El propósito que el referido análisis se plantea, es descubrir -apoyado en la hermenéutica sociopolítica- qué es lo que esconde el poder político con su aporreado discurso (jalado de los pelos) desvirtuando o desdibujando las realidades que delimitan la actualidad.

Más allá de la lectura literal, el poder político estaría valiéndose de la facultad que le concede la coerción, para actuar apegado a sus necesidades de estabilidad política. Por supuesto, alineadas con sus mediatos e inmediatos intereses.  

Una ruta de solución posible 

Por esa ruta metodológica, podría tenerse una idea bastante aproximada de lo que yace en las interioridades del continuo falseo que encubre el sentido oculto de cada palabra expuesta en las reiterativas alocuciones, declaraciones o manifiestos públicos.

No hay duda de que el derecho a la libre expresión e información, incluso a la libertad de prensa, de pensamiento y de conciencia, constituye pilar fundamental de la democracia. Por lo tanto, partiendo de tan significativa -aunque gruesa- tesis, la democracia se vería dificultada. No podría actuar ajustada a sus valores y criterios de no ser por la misión que contiene toda vez que se plantea apartar el conflicto social de la violencia para llevarla al escenario del debate plural. 

Esta consideración, dejaría ver: que el funcionamiento de la democracia garantiza el respeto, la solidaridad y la ciudadanía, condiciones estas que configuran la convivencia, el civismo y la reciprocidad. De lo contrario, pudiera inferirse que la libertad de expresión seguiría “entre rejas”. ¿O acaso su liberación, es sólo aparente o circunstancial?  Y en ese caso de seguir estando sometida, dicha realidad pudiera arrastrar la verdad a encubrirse en un ciclo de vicios. Casi imposible de evitar, hasta que el poder político no adquiera conciencia de su obligación.

Eso sería algo así como inducir a la palabra política a actuar organizada al mejor estilo militar. Y en estricto orden avancen hacia objetivos predeterminados a fin de ahogarlos en trampas hechas de cinismo e impudicia. Pero sucede que la palabra política no funciona bien cuando es amordazada. Tampoco, sujeta a condiciones de vil crudeza impuesta por la verticalidad del mando que impone tales condiciones.   

Es preciso liberarla, aunque luzca algo difícil construir enjambres de palabras sociales, culturales, científicas o corrientes alrededor de causas que apunten hacia dispersos destinos. Pero que no por eso, se enreden para darle gusto a envidias y egoísmos que sólo buscan retrucar las realidades envueltas en sanas y gloriosas verdades. Quizás, pueda tener algún sentido la paráfrasis condensada en el párrafo anterior. 

La intención ha sido la de hacer del mismo propósito que da forma a esta disertación, el parangón necesario que pueda incitar al poder político a actuar según el principio que traza la teoría política cuando destaca que “la política se construye sobre la pluralidad humana”. 

O como aducía Hannah Arendt, “el hombre se realiza en la política” lo que por antonomasia significa que las libertades que exaltan la vida se ciñen a consideraciones que apuestan por el goce de los derechos que permiten honrar la existencia del ser humano. Y entre los tantos derechos que brindan bienestar al hombre y a la mujer, están los que dignifican sus ideas. Y los que redundan a favor de la información y del conocimiento de los hechos que circundan la vida. Razón por la cual resulta absurdo estar en el limbo del arrebato jurídico. 

Fue así como esta disertación consideró la pregunta que polemiza en torno al estado político de la libertad de expresión: ¿excarcelada, libre o bajo vigilancia?


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