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A veces la euforia del instante me lleva a creer que conservo la resistencia que tenía
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Me despierto más por la noche y he perdido precisión. He perdido velocidad. Tengo miedo de caer. Me canso antes, muchas tardes vuelvo de casa del almuerzo, me meto en la cama, escribo o miro alguna serie, pero ya no vuelvo a salir de casa. ... Compro plantas y flores y aunque aún no hablo con ellas, las riego cada día y me alegra verlas crecer.
El daño que me hago difícilmente se cura del todo y queda un poco que para siempre me acompaña. Me llevo bien con mi muerte porque mi vida me gusta y me doy por satisfecho con lo que hasta ahora me he dado. Pero gasto hasta que se acaba y cada mes vuelvo a empezar; espero que mi cuerpo y mi talento coincidan en su obsolescencia porque no tengo otro plan y pensarlo me angustia.
Sé más cosas, y más importantes. Mi escritura se ha vuelto frágil y delicada y me gusta cómo resbala. Entiendo a mi hija y tengo más imaginación que ella y me divierte desbordarla. Los que me odian se han cansado y los que me quieren cada día me quieren más, y me lo demuestran de maneras muy concretas y agradables. Mis regalos llegan exactamente como los mando. Veo con más claridad, oigo matices que antes no escuchaba. He vivido sin leer y para mí escribir no ha sido aprender un oficio sino dar forma a un don. Si alguna vez te lo preguntas, esto es lo que me distingue de la mayoría.
Estoy más disperso, menos concentrado, me parece menos grave la actualidad y me dan risa los que se la toman tan en serio, pero cuando me dedico a ella, me doy cuenta de que tengo las fuentes y el conocimiento para entenderla y explicarla mejor que los preocupaditos. Temo mucho menos que no me salgan las cosas y lo que intento me acostumbra a salir mejor de lo que esperaba. Hay un sentido de humor que se ha ido destilando con los años y es mi mejor vitalidad y lo que aún me salva de no ser un estorbo entre mis amigos más jóvenes.
Estoy siempre con los mismos. Voy a los mismos sitios y las mismas horas. Contesto pocos mensajes, quedo mal, no asisto a bodas ni a fiestas sociales. Procuro no salir de Barcelona. De todos modos ya casi nadie me invita porque mis amigos me quieren mucho y saben lo que estas cosas me pesan y mortifican.
He envejecido pero despierto más deseo que nunca, y aunque ya no ejerzo, agradezco la cortesía. Conozco a todos, hablo con todos y siempre de la manera más dulce. Y a pesar del monstruo que se me supone, hiriente y despiadado, soy el único en la ciudad que puede conseguir que hablen los que no hablaban, que se encuentren los que se odiaban y que parezcamos todavía una sociedad aseada. A veces la euforia del instante me lleva a creer que conservo la resistencia que tenía. A la mañana siguiente la muerte me manda un Uber, que pasa de largo pero avisa.
