Café Gijón
Quizá la verdadera pregunta es cuánto estamos dispuestos a pagar para que siga existiendo
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La reapertura del Café Gijón ha provocado una tormenta moral con veredicto popular en redes: «Han matado el espíritu». Puede ser. Pero hay una verdad más incómoda. La liturgia de la tertulia no encajaba ya con el precio del suelo en el paseo de ... Recoletos, y no hay épica posible contra el alquiler y los impuestos. Así que, o se bajaba la persiana o se transformaba en algo más rentable. Un bar de copas. O una franquicia. Afortunadamente, el empresario ha decidido pagar el precio de mantener el nombre y una cierta genuina escenografía. Algo, en mi opinión, a valorar y agradecer.
Pienso que lo interesante no es el «caso Gijón», sino nuestra relación con el dinero. Llevamos décadas asumiendo la consigna de que la cultura es accesible y gratuita. Mentira. La realidad, señores, es que pagamos por todo. Pagamos por las plataformas de cine y música, por estar conectados, por almacenar datos, por leer sin publicidad. Pagamos por heredar, por comprar, por ahorrar. Pagamos por comer sano, por tener una mascota, incluso por ligar. Pero cuando ese pago tiene la forma concreta de un café con leche a 9 euros, entonces nos escandalizamos. Tampoco conviene engañarse con la memoria. Aquel café donde una noche podía suceder algo histórico no existe desde hace mucho. Ni en el Gijón ni en ningún otro sitio. No porque hayan subido los precios, sino porque ha cambiado el lugar donde ocurren las cosas. Hoy, los espacios de reunión de los creadores no tienen veladores de mármol. Se llaman Steam o Substack y quizás nos resulten menos románticos, pero están donde está el mundo.
El resto es decorado. Venecia y su Florian; Roma y su Caffé Greco; París y su Closerie des Lilas o la Brasserie Lipp (lugares que también fueron refugio de artistas pobres) donde uno llega y paga sin escándalo precios que ya no pertenecen a aquel pasado. Nadie exige que el café vuelva a costar lo que costaba cuando no había dinero. Y quizá la verdadera pregunta no sea cuánto cuesta hoy el Café Gijón, sino cuánto estamos dispuestos a pagar para que siga existiendo. Esa es la única cuenta honesta. Lo demás (la indignación, la nostalgia, el ruido) sale siempre a deber.
