Todos los magos del Kremlin
Todos los magos del Kremlin
Para manipular a una sociedad a tu antojo no se requiere a muchos convencidos de tus argumentos; mejor contar con una mayoría a por uvas
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María José Fuenteálamo
En una secuencia en 'El mago del Kremlin', el protagonista de la película visita una granja de trolls: una oficina repleta de ordenadores en una nave industrial desde la que se expanden mensajes online. El director del chiringuito le explica a nuestro hombre que ... el objetivo es hacer calar el mensaje favorable allende los mares, trabajar por el relato correcto. El 'mago', casi enfadado, le dice que se equivoca: lo que hay que hacer es «retorcer el cable». Girarlo por ambos lados a la vez. Romperlo. ¿Cómo? Con las mayores idioteces de los dos extremos para enganchar al público. Chistosos, vedettes y tonterías. Esa es la verdadera intoxicación. La idiotización total. Pasa por mantenernos entretenidos con sandeces. Para eso, no necesitas argumentos sesudos, necesitas divertimento.
Para manipular a una sociedad a tu antojo no se requiere a muchos convencidos de tus argumentos; mejor contar con una mayoría a por uvas. Para eso no has de meter al ciudadano en intelectuales debates digitales, mejor rociarlo de estúpidos cachondeos mentales. Ahí es donde la masa vuelve a su líquido amniótico. O amnésico. Podrás llevarla donde quieras sin tener que justificar nada y cambiar de opinión cuando te resulte indispensable.
Siempre habrá un titiritero, un guionista, un periodista, o muchos, dispuestos a trabajar para el poder
El pan y circo ya lo inventaron los romanos. Sucede que el pan –la vivienda o el petróleo– se acaba o sube de precio antes que el circo. Además, siempre habrá un titiritero, un guionista, un periodista, o muchos, dispuestos a trabajar para el poder. A veces, puede, sólo por amor al arte. En el arranque del documental sobre Leni Riefenstahl (2024), se nos recuerda que «para que algo pueda ser recordado, muchas otras cosas tienen que ser olvidadas». Es la selección humana. El enfoque. La base de la atención. Si te muestran una foto de un atasco y te piden que cuentes los camiones, probablemente no te fijarás en nada más. Ni siquiera en el accidente que provocó el embotellamiento. Es la magia del truco. El foco dirigido. La luz sobre una sola parte. Como si en una gala del cine alguien enseña unas manos blancas, pero nadie nombra a ETA. El espectáculo puede –debe– continuar. O como si un político asfixiado por asuntos judiciales alrededor de su familia, en vez de dar explicaciones, escribe una carta de amor. ¿La verdad nos hará libres? Bah, eso es para analógicos. El espectáculo lo hará.
Giuliano da Empoli –autor de la novela 'El mago del Kremlin', ficción, pero inspirada en un asesor de Putin– escribió el año pasado el brillante ensayo 'La hora de los depredadores'. Repasa en sus páginas cómo los poderosos de hoy requieren del caos total para sobrevivir. Su lectura es esclarecedora de este tiempo. Y de otros. A río revuelto, ganancia de pescadores.
En la escena más famosa de 'El truco final', el personaje de Michael Caine le explica a uno de los dos magos protagonistas –envenenados ambos de ambición y venganza– como el público, realmente, «no desea ver el truco». Lo que quiere, lo que necesita, «es ser engañado». O lo que es lo mismo, entretenido. Como con el huevo y la gallina, a veces, no nos queda si no preguntarnos qué viene antes, el manipulador o nuestra necesidad de magia. Lo único que está claro es que, si el mundo es un pajar, es más difícil saber de quién es la aguja con la que te pinchan.
En 'El Mago del Kremlin', Jude Law hace de Putin. Lo borda. Cuando sales del cine te repican las frases del genio y no recuerdas al guaperas de Law en ningún otro papel. Cuentan los periódicos que el actor está por Madrid. Lo han visto por el Paseo del Prado en el rodaje, al parecer, de un anuncio. Termino de trabajar y voy a darme una vuelta a ver si me lo cruzo.
