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Por qué hace falta Morante

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10.04.2026

Por qué hace falta Morante

Cuando el arte comparece de verdad se convierte en revelación y eso rompe necesariamente la costumbre, la tranquilidad y la convención

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Dice Jorge Bustos, con motivo del regreso de Morante, que «la historia vive un momento conservador. Un repliegue identitario que gravita en torno a las raíces culturales de comunidades formadas por usuarios con nostalgia de personas. Morante tiene razón: hacía falta. Por eso ha ... vuelto». Hay algo atinado en su alusión a lo 'humano', pero disiento en que vivamos un momento conservador. Lo que vivimos es un hartazgo del 'mainstream' progresista que, en ocasiones, no se está canalizando a través la prudencia, el equilibrio y la sensatez conservadoras sino, por desgracia, a través de un impulso revolucionario, antisistema y rupturista.

Lo que Morante demuestra, por encima de todo, es que los toros no son repliegue identitario sino vanguardia creativa, un arte extremo instalado ontológicamente en la transgresión, en el escándalo, en la expresión radical de un individuo bailando en el abismo con la muerte. No hay nada de conservador en ello, como no lo hay en ningún otro ejercicio creativo, que, por definición, anhela vías inexploradas para reivindicar la singularidad más extrema, que es la individualidad del artista. El arte no es conservador; puede ser conservadora la industria, el mecenas y el coleccionista; puede ser conservadora la opción política del artista; incluso puede ser conservadora la educación sentimental del aficionado. Pero cuando el arte comparece de verdad se convierte en revelación y eso rompe necesariamente la costumbre, la tranquilidad y la convención. Es lo que sucede con Morante, que no existe para dar calor de brasero a una tribu sentimental sino para inquietar, para alterar lo establecido y para devolver el toreo a la intemperie en la que habita la creación en carne viva, una creación que puede ser clásica o rupturista, pero no identitaria ni conservadora. La identidad es siempre individual: el toreo –como la fe– me define a mí, no a todo un país. No somos nacionalistas catalanes.

La izquierda cultural –oxímoron–, tan puritana, tan cobarde y tan mediocre, nos mira con odio y, como consecuencia, la derecha se defiende asumiendo lo taurino como propio y les da la razón al aceptar que si algo es odiado por la izquierda necesariamente ha de ser una estampa de orden y tradición, en vez del desorden creador que es, una locura herética que consiste en ponerse delante de un animal para inventar una verdad que no existía cinco segundos antes ni lo hará cinco segundos después. Pero, además, si lo asumiéramos como tradición, los toros habrían de ser, por definición, de todos, lo que cerraría la puerta a que fueran 'conservadores'. Lo que 'nosotros somos' no depende de lo que 'ellos son', porque no se puede crear desde un negativo. Definirse por lo que no somos es la esencia del nacionalismo; al contrario que los toros, la antesala de la muerte.


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