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El gatillazo

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08.03.2026

La paternidad es, por encima de cualquier otra consideración, un ejercicio de diplomacia. De diplomacia acústica

Escucha el artículo. 3 min

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Mis vecinos han tenido una jornada de sexo frenético, histórico, irrepetible. Por momentos me he alegrado como si la hazaña fuera también mía, algo así como una victoria del Pucela o dos orejas de Pablo Aguado. Sin embargo, el cabecero de su cama da al ... salón en el que, en ese momento, mi hija y yo pasábamos la tarde leyendo plácidamente, yo a Pierre Cabanne y ella a Sherlock Holmes. El movimiento y los gritos eran tan escandalosos que, para no tener que responder preguntas incómodas, dejé el libro encima de la mesa y puse la tele muy alta, con la mala suerte de que en ese momento estaban echando un capítulo de 'Los Serrano' en el que Resines tenía un gatillazo. La escena era terrorífica: el televisor destrozaba mis tímpanos, pero aún podía escuchar a mi vecina gemir en segundo plano mientras mi hija me preguntaba con insistencia: «Papá, ¿qué es un gatillazo?».

En ese instante comprendí que la paternidad es, por encima de cualquier otra consideración, un ejercicio de diplomacia. De diplomacia acústica. Uno intenta construir una infancia a base de libros, meriendas equilibradas y acuarelas, pero el mundo real se cuela por las paredes como un amplificador.

Mientras tanto, al otro lado del tabique, mi vecino batía récords olímpicos. Y mi hija insistía.

-Papá, ¿pero qué es un gatillazo?

Uno lleva años opinando sobre casi todo, con cierta solvencia. Pero la vida se impone con golpes de humildad como este. Y así es como se entiende que es imposible salir vivo de ciertos callejones. Intenté la táctica del despiste.

-Nada, hija. Una cosa de mayores… ¡Cómo es este Resines! El otro día, cenando con Camacho en Sevilla, en Río Grande, nos lo encontramos…

Y así. Pero fue un error, los niños son como inspectores de Hacienda que cuando detectan una evasiva, huelen la sangre y vuelven con más preguntas.

Al otro lado del muro mi vecino seguía con una cadencia que ni Induráin en La Plagne, estaba empeñado en batir un par de plusmarcas mundiales. Y lo hacía con tal intensidad que, más que una explicación, lo que el momento requería era un tratado de fisiología comparada. En el ascensor parecían dos mosquitas muertas, algo lindando con el meapilismo. Y míralos ahora, ahí, como dos atletas griegos, como el mismo Discóbolo compitiendo por la gloria eterna sin sospechar que, en el piso contiguo, un padre sudaba tinta. La televisión seguía a todo volumen y Resines discutía con Belén Rueda mientras mi hija alternaba la mirada entre la pantalla y mi cara, esperando una respuesta.

Las paredes de las casas españolas son como las fronteras europeas, solemnes en teoría pero cuestionables en la práctica. Y al otro lado de la mía lo que había era un festival pagano que ni en Pompeya. En realidad, lo extraordinario no es que los vecinos hagan el amor con entusiasmo -lo cual, bien mirado, es una noticia esperanzadora para Castilla y para mi barrio-, sino que lo hagan con esa potencia dionisíaca. Finalmente opté por una solución pedagógica y muy española: hice como que no había oído la pregunta.

-Mira, hija -dije-, ¿por qué no seguimos leyendo?

Ella volvió a Sherlock Holmes y yo abrí otra vez el libro de Cabanne. Pero no conseguía concentrarme: cada pocos segundos el vecino lograba una nueva proeza que habría hecho levantarse a un estadio entero. Entonces pensé que, quizá, la vida no sea más que esto: un tipo intentando leer mientras, al otro lado de la pared, el mundo se empeña en recordarnos que sigue vivo.

Por fin llegó el silencio. No sé si por agotamiento o por victoria técnica.

-Papá, ¿pero qué es un gatillazo?

Reconozco que, por un momento, valoré llamar al vecino para que se lo explicara y zanjar la situación. Pero se impuso la cordura: «En este edificio, hija mía, un gatillazo es solamente una injuria».

Elemental, querido Watson.


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