No a la guerra, sí al asesinato
No a la guerra, sí al asesinato
Sánchez enarbola su pancarta pacifista mientras ordena liberar prematuramente a los peores asesinos etarras
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La moral de este presidente llega hasta donde alcanzan sus intereses personales. Sus principios son como los de Groucho Marx, mutables en función de la conveniencia inmediata. Su código de conducta se resume en ese 'manual de resistencia' centrado en garantizarle la conservación del poder. ... Solo así se explica que enarbole su pancarta antibelicista mientras ordena liberar a los peores asesinos etarras, sin que hayan cumplido sus condenas ni mostrado el menor arrepentimiento o proporcionado a la justicia la información necesaria para resolver alguno de los casi cuatrocientos crímenes que permanecen impunes, con el consiguiente sufrimiento añadido a los familiares de esas víctimas. O sea, sin cumplir ninguno de los requisitos mínimos necesarios para acogerse a las medidas de gracia de las que ya disfrutan los siniestros Txeroki, Kantauri, Anboto o muy pronto Txapote, además de otros trescientos verdugos de la banda, autores de incontables atentados en los que perecieron hombres, mujeres y niños durante más de cuarenta años. A Pedro Sánchez la legalidad nacional o internacional le importa tanto como la muerte de los inocentes: nada. Lo que realmente le quita el sueño es hallar el modo de seguir engañando a un número de votantes suficiente para aferrarse a la poltrona, con la ayuda indispensable del partido de los terroristas, que ha encontrado en él al cómplice perfecto para rentabilizar políticamente todos y cada uno de los crímenes cometidos por sus pistoleros, excarcelados prematuramente a cambio de seis votos manchados de sangre.
Sánchez y Trump son como dos gotas de agua. Uno dice oponerse a la guerra que ha desatado el otro por los mismos motivos bastardos, ajenos a toda ética. En ambos casos, negocios, directos en el caso del estadounidense, ligados a la permanencia en La Moncloa si hablamos del español, a quien los guardias revolucionarios encargados de aplastar las revueltas estudiantiles reconocen su enardecida defensa decorando sus misiles con fotos suyas y el mensaje de «gracias, primer ministro». Los iraníes masacrados por el régimen de los ayatolás o aplastados por las bombas les producen la misma indiferencia gélida. Ni uno ni otro poseen un ápice de empatía. Comparten idéntico narcisismo rayano en lo psicopático, idéntica ambición desmedida, idéntica ausencia de escrúpulos. La guerra de Irán no busca acabar con los ahorcamientos de homosexuales, mujeres reacias a llevar velo o estudiantes 'culpables' de manifestarse en demanda de democracia, del mismo modo que el 'no a la guerra' sanchista nada tiene que ver con un anhelo sincero de paz. Porque no se pueden dar lecciones de pacifismo mientras se premia el asesinato o se ignoran las iniquidades cometidas contra todo un pueblo. Si alguien carece de autoridad moral para condenar a Potus es el hombre que juró no pactar jamás con los bilduetarras y hoy se ha convertido en su principal benefactor: Pedro Sánchez Pérez Castejón.
