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¿Para cuándo el Vaticano III?

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05.04.2026

¿Para cuándo el Vaticano III?

En los países más católicos de Europa, el Vaticano II solo consiguió vaciar las iglesias, para volver quizás a una fe más pura, pero compartida por una población cada vez más reducida

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El Papa León, a diferencia de sus predecesores, destaca por su notable discreción. No es fácil etiquetarlo, clasificarlo como conservador o progresista. En cambio, recordaremos al Papa Francisco, quien, al igual que muchos jesuitas de América Latina, se vio claramente influido por la teología de ... la liberación, manifestando su simpatía por el socialismo y el ecologismo, hasta tal punto que me permití, en ABC, calificarlo de «Papa rosa y verde». ¿De qué color es el Papa León? Aún no lo sabemos, pero su reciente visita a Mónaco podría –me parece– arrojar algo de luz.

¿Qué iba a hacer en Mónaco, ese microestado, oasis de multimillonarios, oligarcas y personas de escasas virtudes, una encarnación de todo lo que la Iglesia católica niega? El Papa León consideró, sin embargo, necesario celebrar allí una misa y elogiar a la familia Grimaldi, que reina sobre ese peñón desde hace siete siglos. Ahora bien, si conocemos a los Grimaldi, es por la prensa sensacionalista, la multiplicación de sus aventuras financieras y eróticas. Entonces, ¿qué iba a hacer el Papa en Mónaco? Creo que la respuesta está en la Constitución de este Principado: hace referencia al catolicismo e incluso define el catolicismo como religión oficial del Estado, una situación muy poco común, ya que solo tres países del mundo conservan hoy en día el catolicismo como religión oficial: Mónaco, Malta y Costa Rica. Confieso que, antes de la visita a Mónaco, no habría sabido responder a esta pregunta. Como consecuencia del catolicismo oficial de Mónaco, quizá la única consecuencia práctica, el aborto está prohibido allí.

Aquí empezamos a vislumbrar, aunque de forma incipiente, el interés del Papa por Mónaco. ¿No sería acaso una representación en miniatura de la ciudad ideal con la que sueña todo Papa? Una sociedad en la que el Estado impone el catolicismo y sus normas más conservadoras; mi interpretación personal puede resultar discutible, pero me parece coherente. Por lo demás, los discursos del Papa León en Mónaco no fueron muy esclarecedores. Rodeado de multimillonarios, apeló a su caridad, a su solidaridad con los pobres: unas palabras que, me temo, no tendrán ninguna repercusión en esta población, donde el dinero suele haber sido mal ganado. También lanzó llamamientos a la paz en Oriente Próximo en particular, pero hace ya mucho tiempo que este discurso convencional no tiene ninguna influencia concreta. Ya Stalin, en su época, cuando le hablaban del Vaticano, respondía: «El Papa, ¿cuántas divisiones?». Eso fue en los años cuarenta. Hoy en día, la pregunta ni siquiera se plantea. El Papa no tiene divisiones y, además, su discurso se ha vuelto tan inaudible como una misa en latín. No soy Papa, ni siquiera católico, pero si fuera lo uno o lo otro me preguntaría por el declive del catolicismo en el mundo occidental, especialmente desde el Concilio Vaticano II.

Juan XXIII, que había inaugurado ese concilio, y Pablo VI, que lo había clausurado, creían de buena fe, evidentemente, que era necesario modernizar la Iglesia católica para reintegrarla en su época. Por desgracia, la principal consecuencia del Concilio fue ahuyentar a los fieles que estaban apegados a la misa en latín, a los ritos más tradicionales, al culto a los santos y a la suntuosa decoración de las iglesias, que desde entonces han sido eliminados. En los países más católicos de Europa –España, Italia y Francia–, el Vaticano II solo consiguió vaciar las iglesias, para volver quizás a una fe más pura, pero compartida por una población cada vez más reducida. Los fieles no solo abandonaron las iglesias, sino que descubrieron otras, en particular los templos evangélicos y pentecostales, sobre todo en América Latina y África. Como se dice en Brasil: entre los evangélicos, la música es, al fin y al cabo, mejor que entre los católicos.

Desde el Concilio Vaticano II y esa deserción masiva, la Iglesia católica sigue una línea ambigua. Los sucesivos papas han querido reintegrarse en el mundo, participar en el debate político –en particular Juan Pablo II–, sin dejar de mantener una postura totalmente conservadora en materia de costumbres. Ahí radica la paradoja de la Iglesia católica hoy en día. Los papas son ecologistas y pacifistas, lo cual es evidentemente su derecho, pero al mismo tiempo persisten en excluir del sacerdocio, e incluso de la más mínima colaboración en la celebración, a las mujeres, que representan al fin y al cabo la mitad de la humanidad.

La prohibición del aborto, la condena de la anticoncepción y de la homosexualidad forman parte de ese arsenal ultraconservador que desconcierta a la mayoría en nuestras sociedades modernas, lo lamentemos o no. ¿Se plantea al menos esta cuestión dentro de la Iglesia? ¿Nos la plantea el Papa León? No oímos nada sobre estos temas, salvo la repetición de la eterna letanía sobre dogmas anticuados. El único pequeño paso adelante dado recientemente fue reconocer que la pedofilia no era un caso aislado dentro de la Iglesia católica, sino una práctica extendida. Es justo reconocer esta responsabilidad, pero el Papa no saca ninguna lección de ello, ya que sigue sin plantearse autorizar el matrimonio de los sacerdotes. Lo cual, sin duda, contribuiría a contener la pedofilia.

El papel de la mujer en la liturgia, el matrimonio de los sacerdotes, el aborto, la sexualidad: ¿es todo esto realmente fundamental en la doctrina católica? En realidad, se trata de construcciones sociales que se remontan a la Edad Media europea, lejos de los Evangelios, y desconectadas de la sociedad en la que vivimos. Por eso, aunque no soy católico, considero que el catolicismo sigue siendo, o debería seguir siendo, uno de los fundamentos de la sociedad occidental. Convendría modernizarlo de verdad, no solo aboliendo el culto a los santos, como hizo el Vaticano II, sino abordando de frente las prohibiciones –más sociales que teológicas– que desaniman a los fieles y los empujan hacia el ateísmo o hacia un protestantismo de tipo chamánico. Esa podría ser la utilidad de un Vaticano III. Mónaco no sería el mejor lugar para acogerlo, a pesar de la calidad de sus hoteles y casinos. Pero si León XIV quiere que se le escuche, convendría que se dirigiera a todos nosotros en el lenguaje de nuestra época. ¿Quizá deberíamos volver al latín, que tenía el mérito de ser la lengua común de todos los católicos de todas las naciones?


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