Raffaella, cantando con todo el cuerpo
Raffaella, cantando con todo el cuerpo
Fue un fenómeno físico, un ritmo de nervio que se tiñó de rubio platino, una libertad que hablaba bailando
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Shakira, el despecho que baila
Ángel Antonio Herrera
Durante mucho tiempo, rodó por Italia un lema entusiasta: «Nada es eterno, salvo Raffaella». Raffaella es Raffaella Carrá, y en efecto era eterna. Como que ahora se nos da la novedad de que dejó un fleco de herencia a su secretario, también titulado «hijo adoptivo ... ». La novedad trae otra novedad mayor, que es el regreso de Raffaella, que siempre ha estado ahí. No tenía voz de dulce cataclismo, o de almíbar salvaje, pero tenía algo más raro, que es la electricidad de lo espontáneo. Donde otras cantaban, ella aireaba la alegría.
Podríamos decir de forma rápida que fue un huracán, pero sería injusto, o impreciso, porque los huracanes pasan, y ella se quedó. Más allá de la artista, fue un fenómeno físico, una vertiente del voltaje, un ritmo de nervio que se tiñó de rubio platino, una libertad que hablaba bailando. Queda raro decir que el feminismo, en épocas difíciles, se expresaba moviendo la cadera, pero hay que decirlo. Era divertida, amable, fieramente trabajadora.
Ahora tenemos una breve excusa informativa para volver a ella, pero es Raffaella de esas figuras que no se apagan, porque siguen en expansión, después de difuntas. No se aprende a ser Lola Flores, pero tampoco a ser Raffaella Carrá. En su caso, la revolución no incluyó un grito, sino una coreografía. Jugó a algo serio, el derecho a ser libre sin pedir disculpas.
En una televisión todavía rígida, todavía moral, todavía vigilante, la de los setenta, apareció con el ombligo al aire, y casi la llevan a la hoguera. Hasta terció el Vaticano. Logró de la disciplina una juerga, del rigor un gozo. Logró, en medio de la fantasía del baile, una exactitud y un exceso, una matemática del exceso. Y luego resulta que cantaba como quien invita a un calambre. Como quien dice ven, porque aquí cabe todo el mundo. Y cabía. Como hoy mismo. No falta en la apoteosis de cada karaoke, y ya sabemos que el karaoke es la eternidad. Cabían los tímidos, los torpes, los lejanos, los ateridos, los que no sabían bailar, incluso los que no sabían vivir. Cabía la duda y cabía el anhelo. Cabía la noche entera en tres soplos de canción.
Hizo de 'A far l'amore comincia tu' una escuela del deseo sin culpa. De 'Fiesta', una geografía sentimental donde naturalmente el calor no era solo meteorológico. Asignó a 'Rumore' un eco punk, y llevaba razón.
En España nunca fue extranjera. Fue casa, idioma, costumbre
Nació en Bolonia, en una Italia que aún se debatía entre la tradición y el temblor de lo nuevo. Desde allí se proyectó hacia todas partes, pero hubo un lugar donde su luz encontró una resonancia especial: España. Aquí nunca fue extranjera. Fue casa, idioma, costumbre. No era solo una estrella, porque era un clima. Si de pronto aparecía, la vida parecía un poco más fácil, un poco más amable, un poco más posible. Le dieron premios, homenajes, retrospectivas. Pero todo eso es secundario. Su verdadero premio fue otro, porque consiguió cambiar la forma en que millones de personas entendían el cuerpo, la fiesta, el deseo, la alegría.
Se fue a Hollywood a hacer cine, y se la quiso ligar Frank Sinatra, que acabó emparejado con Mia Farrow. Volvió enseguida de aquella aventura, porque no le gustaba el ocio del artista con piscina y cocaína. Y aquí de vuelta, se empeñó en lo suyo, que es lo popular perdurable, el pensamiento que se suelta el pelo.
Se ha dicho que fue ligera. No. Fue precisa. Se ha dicho que fue entretenimiento. No. Fue renovación, más las lentejuelas. Hasta que se fue, sin desaparecer. Parecía una chica dorada del pop, pero yo la veo bajo la nervadura nocturna del rocanrol. Cantaba con todo el cuerpo.
