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Casa de cristal

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Cuando viajamos por el centro de Europa nos choca que las ventanas no tienen cortinas. Casas en las que se puede ver desde la calle lo que sucede dentro. La razón tiene que ver con la poca luz solar que reciben, por lo que es preciso no perder ni un haz, pero también con una tradición religiosa. Esos países comparten una cultura protestante y la transparencia de la intimidad del hogar era un signo de honorabilidad. Nada pecaminoso ni ilegal dentro de las paredes. Al mismo tiempo esa vida doméstica visible reforzaba la idea de que la conducta debía ser examinada por la comunidad. Nada que ocultar.

No sabemos si Manuel Azaña trajo el concepto a España impresionado por algunas de esas ventanas de los Países Bajos, pero lo cierto y verdad es que el presidente español en 1932 defendió en el Parlamento que nuestro país debía ser como una casa de cristal. En las actas del Congreso se recoge su apuesta porque los poderes públicos fuesen transparentes y no se escondieran detrás de privilegios. No ha de haber zonas oscuras -sin control- en la administración y los gobernantes han de ser visibles desde todos los ángulos, sin rincones donde prosperen la opacidad o el privilegio. Azaña utilizó la expresión en sus discursos para subrayar que la autoridad democrática solo se legitima cuando resiste un examen a plena luz del día.

Lo que sí es más plausible es que Azaña leyese a Max Weber y su ética del capitalismo. Disciplina, orden y coherencia en la actividad mercantil. El autor alemán sostenía que las empresas han de desenvolverse en un marco de igualdad que garantice la racionalidad y honestidad en los negocios. De igual manera lo público debía seguir también una exigencia "religiosa": todo ha de ser honorable, en primer lugar, los propios funcionarios y políticos.

Que ni Koldo ni Ábalos tenían en sus lecturas a Weber o Azaña lo sabíamos. Lo grave es que el sistema que nos hemos dotado y que bebe de esas fuentes por nuestra tradición cultural se lo permitiese. El espectáculo del juicio contra la corrupción del que fue ministro, en el que el enchufismo a amantes y los fajos de billete convivían sin pudor en sedes gubernamentales o del partido socialista, nos lleva a una casa cerrada, a unas ventanas tapiadas, donde el hedor es insoportable por la porquería que se acumula dentro. Un entramado institucional de controles -funcionarios y tribunales- sufragado por los impuestos que no ha funcionado, lleva a reclamar con Azaña de nuevo una casa de cristal. 

Garantizar que las ventanas siempre estén abiertas y no volver jamás a ocultar lo que pasa dentro. En todas y cada una de las administraciones, sin olvidar las empresas que hoy en día han de estar sujetas al mismo escrutinio social si pretenden sobrevivir.


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