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Lo urgente grita, lo importante calla

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10.04.2026

En la vida pública, pocas maniobras resultan tan eficaces como aquella que desplaza la atención colectiva hacia lo más estridente. Aparece una frase provocadora, una polémica desmesurada o un episodio diseñado para escandalizar y, de inmediato, la conversación cambia de rumbo. Dejamos de discutir sobre lo que afecta de verdad al porvenir común y se impone lo accesorio. Esta lógica, ha sido descrita en ocasiones como la estrategia del «gato muerto sobre la mesa».

La distracción no siempre adopta la forma de un escándalo político, deportivo o de farándula. A veces, adopta la forma de una novedad tecnológica, como un vídeo manipulado con inteligencia artificial (IA) que se hace viral, una aplicación que promete sustituir profesiones enteras o un artilugio de moda que se presenta como si encarnara el futuro por sí solo. Entretanto, se posponen debates mucho más serios, como quién financia la investigación estratégica, cómo se forma a científicos e ingenieros, qué capacidades tecnológicas tiene realmente un país, cómo se protege la infraestructura digital crítica y qué datos permiten tomar decisiones con rigor. En consecuencia, el espectáculo avanza mientras la deliberación sustantiva retrocede.

Este desplazamiento tiene efectos concretos y no es una simple desviación de la conversación, ya que puede traducirse en laboratorios obsoletos, sistemas estadísticos incompletos, dependencia tecnológica o dificultades para que las universidades mantengan líneas de investigación. En otras palabras, mientras la atención pública se centra en lo llamativo, la brecha se amplía en silencio.

Un ejemplo cotidiano puede ayudar a comprenderlo. En la actualidad, abundan las discusiones apasionadas sobre si los estudiantes utilizan la IA para hacer tareas o redactar textos. El asunto merece atención, sin duda. Sin embargo, mientras millones de personas debaten sobre este tema, queda en un segundo plano lo esencial; la necesidad de formar a los docentes para utilizar estas herramientas con sentido crítico, la urgencia de contar con unas normas claras sobre datos y privacidad, la inversión en infraestructura informática, la actualización de los planes de estudio y el fortalecimiento de la investigación propia para no limitarse a consumir tecnologías desarrolladas en otros países. Es más fácil escandalizarse por la trampa de un alumno que debatir sobre el modelo científico y tecnológico que un país necesita.

Por ello, la madurez de una sociedad depende de su capacidad para reaccionar ante lo impactante y de su disciplina para mantener la mirada en lo decisivo. En ciencia, tecnología e innovación, lo decisivo rara vez produce titulares deslumbrantes. Exige método, indicadores claros, planificación, financiamiento sostenido y una amplia voluntad institucional. Además, exige comprender que la soberanía tecnológica nace del trabajo persistente y rara vez del entusiasmo pasajero.

Por eso, conviene desconfiar de toda polémica que monopolice la atención y preguntarse qué debate está siendo desplazado. Menos fascinación por el ruido. Hay que prestar más atención a la capacidad científica real, a la educación especializada, a la inversión y a la producción científica útil para la sociedad. En definitiva, cuando un tema escandaloso acapara toda la conversación, tal vez ha llegado la hora de mirar precisamente quién grita y hacia dónde nos obligan a mirar.


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