¡Guerra a los demoledores!
Cuando el destacado novelista Víctor Hugo inició su campaña para salvar Notre Dame y otras obras maestras góticas de piedra, muchas de las iglesias que aún quedaban en Francia —incluida Notre Dame— estaban destinadas a la demolición, y había especuladores dedicados a revender las piedras. En un artículo titulado ¡Guerra a los demoledores!, que Hugo escribió para la Revista de los Dos Mundos en 1825, declaró la guerra contra la “masacre de las piedras antiguas” y los “demoledores” del pasado de Francia. “Por fin debe alzarse un grito universal para llamar a la nueva Francia en ayuda de la antigua”, afirmó.La historiografía moderna se encargó de etiquetar según sus gustos. El término gótico referido a los pueblos germánicos fue acuñado despectivamente en el Renacimiento para definir el arte medieval anterior, estimándolo bárbaro (“godo”) y desordenado en contraste con el clasicismo. Los parisinos estaban convencidos de que ese estilo (que se llamaba “obra francesa”) era sinónimo de degradación.
En medio de esa coyuntura irrumpe Hugo al sostener que la arquitectura es el gran libro de la humanidad y que cada edificio derribado es una página perdida de la historia nacional.
De ahí su novela Nuestra Señora de París (1831), en la que la protagonista es la propia catedral, la cual fue escrita en gran parte para sensibilizar sobre el lamentable estado del templo y evitar su derrumbe, logrando despertar el interés público por su restauración.En Venezuela, las escasas edificaciones de la época colonial y principios de la republicana, producto de las guerras del siglo XIX y catástrofes naturales, se suman las modernas que tienen valores peculiares dentro de nuestra historia.
Obras de auténtica arquitectura moderna fueron enriqueciendo el patrimonio edificado del país hasta configurar un sector heterogéneo de gran importancia estratégica en el plano cultural —como bien lo apunta Juan Pedro Posani— en la que se perfila una distribución peculiar de contenidos culturales del patrimonio nacional.
Por ello, resulta trascendente la protección y defensa del patrimonio y no darle primacía a la voracidad especulativa inmobiliaria que desdibujan nuestros paisajes. Como lo afirmó Víctor Hugo: “En un edificio existen dos cosas: su uso y su belleza. El uso pertenece al propietario, la belleza a todo el mundo”.
